Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Entretanto el caballo ya habÃa llegado a las calles más alejadas de los suburbios sin que nadie lo detuviera. Se adaptaba a la vida callejera mejor que otros caballos que corren solos. A nadie podÃa asustar su paso lento, nunca abandonaba la calzada, nunca, tampoco, el lado de la calle prescrito, si era necesario pararse porque un vehÃculo venÃa por una bocacalle, se paraba, no habrÃa podido comportarse de forma más irreprochable si hubiese sido llevado del cabestro por el más prudente de los cocheros. A pesar de lo cual el caballo blanco era, naturalmente, un espectáculo que llamaba la atención, aquà y allá se quedaba alguien parado y lo seguÃa con la mirada, sonriendo; desde un carro de cerveza que pasaba el cochero fustigó en broma al caballo con su látigo; éste, ciertamente, se asustó, levantó las patas delanteras, pero no apresuró su paso.
Un agente de policÃa que habÃa observado precisamente aquel incidente se dirigió hacia el caballo, que en el último momento intentó tomar otra dirección, lo sujetó de las riendas (a pesar de que su constitución no era muy fuerte, el caballo iba arreado como si fuera de tiro) y dijo, de forma por lo demás muy amable: ¡Alto! ¿Adónde vas corriendo? Durante algún tiempo lo tuvo sujeto allÃ, en medio de la calzada, pues pensaba que pronto llegarÃa el propietario detrás de su animal, que se le habÃa escapado.
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