Diarios & Carta al padre

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«Quite esa mano», dijo el joven de pronto, y efectivamente la retiró con un empujón. «Qué manos tan horribles tiene usted», dijo agarrando la mano de ella y dándole la vuelta. «Por arriba, completamente negra, por abajo, blanquecina, pero todavía bastante negra, y —metió su mano en la ancha manga de ella— hasta tiene usted un poco de vello en el brazo.»

«Me hace usted cosquillas», dijo la mujer.

«Porque usted me gusta. No comprendo cómo pueden decir que es usted fea. Es lo que dicen. Pero ahora veo que no es verdad.»

Y el joven se levantó y empezó a caminar de un lado para otro por la habitación. Ella aún seguía de rodillas y se miraba la mano.

Por alguna razón eso enfureció al joven, que se acercó a ella de un salto y volvió a cogerle la mano.

«Qué mujer», dijo entonces palmeando la larga y delgada mejilla de ella. «Vivir aquí contribuiría realmente a mi comodidad. Pero habrá de resultarme barato. Y no deberá usted tomar ningún otro inquilino. Y tendrá que serme fiel. Soy mucho más joven que usted y por ello puedo exigir fidelidad. Y tendrá usted que guisar bien. Estoy habituado a comer bien y no pienso renunciar a ese hábito.»

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Seguid bailando, cerdos; ¿qué tengo yo que ver con eso?


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