Diarios & Carta al padre

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La mujer que alquilaba habitaciones se alisó la falda y cruzó apresuradamente la casa. Una dama alta, fría. Su prominente mandíbula inferior asustaba a los inquilinos. Éstos bajaban corriendo las escaleras y, cuando ella los seguía con la mirada desde la ventana, escondían la cara sin dejar de correr. Una vez llegó un inquilino de baja estatura, un joven fornido, rechoncho, que llevaba las manos metidas constantemente en los bolsillos de su chaqueta. Quizá fuese un hábito suyo, pero también era posible que quisiera ocultar el temblor de sus manos.

Joven, dijo la mujer adelantando hacia él su prominente mandíbula inferior, ¿quiere usted alojarse aquí?

Sí, dijo el joven levantando bruscamente la cabeza.

Aquí estará usted bien, dijo la mujer, lo acompañó hasta una silla y lo hizo sentar en ella. Al hacerlo notó que tenía una mancha en el pantalón, por lo que se arrodilló a su lado y comenzó a rascar aquella mancha con las uñas.

«Es usted un desaseado», dijo.

Es una mancha vieja.

Pues entonces es usted un desaseado viejo.


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