Diarios & Carta al padre

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Una vez mi vecino trajo consigo a una muchacha. Mientras estoy saludándola, sin prestarle a él atención, salta sobre mí y me lanza por los aires. «Protesto», exclamé levantando la mano. «Cállate», me susurró al oído. Me di cuenta de que en presencia de aquella muchacha, y con el fin de lucirse ante ella, quería obtener la victoria a cualquier precio, recurriendo incluso a las artimañas más vergonzosas. Por eso exclamé, volviendo mi cabeza hacia la muchacha: «Me ha dicho: “Cállate”». «Ah, miserable», gimió quedamente aquel hombre y empleó contra mí todas sus fuerzas. Con todo, me arrastró todavía hasta el canapé, me tumbó en él, hincó la rodilla sobre mi espalda y dijo: «Ahí lo tienes». «Debería intentarlo otra vez», quise decir, pero a la primera palabra aplastó con tanta fuerza mi cara contra el acolchado del canapé que hube de callarme. «Ya está bien», dijo la muchacha, que se había sentado a mi mesa y estaba leyendo por encima una carta empezada que allí había. «¿Nos vamos ya? Acaba de empezar una carta.» «Aunque nos vayamos, no la continuará. Ven aquí. Toca, por ejemplo, aquí, el muslo, está temblando como un animal enfermo.» «Te digo que lo dejes y te vengas.» De muy mala gana me soltó aquel hombre. Yo habría podido propinarle una buena paliza en ese momento, pues estaba descansado, mientras que él había tenido que tensar todos sus músculos para sujetarme. Él era el que temblaba aunque pensara que era yo. De hecho seguía temblando todavía. Pero lo dejé en paz, porque estaba presente la muchacha. «Probablemente ya se habrá formado usted su propio juicio sobre esta lucha», le dije a la muchacha, pasé a su lado haciendo una inclinación y me senté a la mesa para continuar escribiendo la carta. «¿Quién es el que tiembla?», pregunté, antes de empezar a escribir, y mantuve la pluma firme en el aire, en prueba de que no era yo. Puesto ya a escribir, les grité un breve Adieu cuando estaban en la puerta, pero, alargando mi pie, di con él un pequeño golpe, para indicar, al menos para mis adentros, la despedida que probablemente se merecían ambos.


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