Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Yo había cerrado la tienda, los empleados, gente que me resultaba ajena, se alejaron con el sombrero en la mano. Era un atardecer de junio, ya eran las ocho pero aún había claridad. No tenía ganas de dar un paseo, nunca tengo ganas de dar paseos, pero tampoco quería irme a casa. Cuando el último de mis aprendices hubo doblado la esquina, me senté en el suelo, delante de la tienda cerrada.
Pasó por delante un conocido mío con su joven esposa y me vio sentado en el suelo. Mira quién está sentado ahí, dijo. Se detuvieron y el marido me sacudió un poco, aunque desde el principio yo había estado mirándolo tranquilamente. Dios mío, pero ¿por qué está usted ahí sentado?, preguntó su joven esposa. «Voy a dejar mi negocio», dije.
«No marcha especialmente mal, lo cierto es que puedo cumplir con mis obligaciones, bien que apretadamente. Pero no puedo soportar las preocupaciones, no puedo dominar a los empleados, no puedo hablar con los clientes. A partir de mañana mismo ya no abriré más la tienda. Lo he pensado bien.» Vi cómo el marido intentaba tranquilizar a su mujer tomando una de sus manos entre las suyas.