Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Canto coral en la posada de enfrente. — Acabo de asomarme a la ventana. Dormir parece imposible. Las canciones salen a voz en grito por la puerta abierta de la posada. El tono lo da una voz de muchacha. Son inocentes canciones de amor. Deseo fervientemente que venga un policía. En este preciso momento llega uno. Se queda un rato parado delante de la puerta y escucha. Luego llama: «¡Posadero!». La voz de la muchacha: «Vojtísku». De un salto sale de un rincón un hombre vestido con pantalón y camisa. «¡Cierre la puerta! ¿Quién va a aguantar este ruido?» «Oh desde luego, oh desde luego», dice el posadero, y primero cierra tras de sí la puerta con movimientos suaves, deferentes, como si estuviera tratando con una dama, luego la abre, para deslizarse dentro, y vuelve a cerrarla. El policía (su comportamiento y en particular su indignación son incomprensibles, pues a él los cantos no pueden molestarlo, sino sólo endulzar su aburrido servicio de guardia) se marcha, los cantantes han perdido las ganas de cantar.
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11 [de agosto de 1914]. Fantasía de que me he quedado en París[425], de que estoy caminando por París del brazo de mi tío, estrechamente apretado contra él.
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