Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Durante una época de mi vida[426] —de ello hace ya muchos años— tuve un puesto en una pequeña línea férrea del interior de Rusia. Nunca me he sentido tan abandonado como allí. Por diversas razones, que no vienen al caso, yo buscaba entonces un lugar como aquél, cuanta más soledad me zumbase en los oídos, mejor me encontraba, así que tampoco voy a quejarme ahora de eso. Ocupación fue lo único que me faltó en los primeros tiempos. En su origen quizá habían tendido aquella pequeña línea férrea con ciertos propósitos comerciales, pero el capital no había bastado, las obras quedaron paralizadas y la línea, en vez de llegar hasta Kalda, la siguiente población un poco importante, que distaba de nosotros cinco días de viaje en carro, se detuvo en un pequeño asentamiento situado en pleno descampado, desde donde se necesitaba todavía un día entero de viaje en tren para llegar a Kalda. Aunque la hubieran prolongado hacia Kalda, aquella línea habría conmutado siendo poco rentable por tiempo indefinido, pues el proyecto entero era un error, lo que aquel país necesitaba eran carreteras y no líneas férreas; pero es que, además, en el estado en que se encontraba entonces aquella línea no podía subsistir en absoluto, los dos trenes que circulaban por ella al día llevaban cargas que habrían podido ser transportadas por un carro ligero, y los únicos pasajeros eran unos pocos jornaleros durante el verano. Pero no querían dejar morir del todo aquella línea, pues aún abrigaban la esperanza de que, si la mantenían en funcionamiento, atraerían capital para continuar las obras. Esta esperanza, en mi opinión, no era tanto esperanza como desesperación, más bien, y pereza. Mantenían la línea en funcionamiento mientras hubiera material y carbón, a los pocos trabajadores les pagaban sus salarios de manera irregular y con recortes, como si fuera una caridad; por lo demás, aguardaban a que todo aquello se viniera abajo.