Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre De modo que estaba yo empleado en ese ferrocarril y vivía en una caseta de madera que había quedado allí de la época de la construcción de la línea y servía al mismo tiempo de edificio de la estación. La caseta tenía tan sólo una habitación, en la que habían colocado un catre para mí y un pupitre por si tenía que escribir, y encima del pupitre habían instalado el aparato telegráfico. Cuando llegué allí, en primavera, uno de los trenes pasaba por la estación muy temprano —más tarde modificaron el horario— y a veces ocurría que algún pasajero llegaba a la estación mientras yo aún estaba durmiendo. Naturalmente, no se quedaba a la intemperie —allí las noches eran, hasta bien entrado el verano, muy frías—, sino que llamaba a la puerta, yo descorría el cerrojo y a menudo nos pasábamos horas enteras charlando. Yo permanecía tumbado en mi catre, mi huésped se sentaba en el suelo, o bien preparaba, siguiendo mis instrucciones, un té que luego nos bebíamos los dos, en buena armonía. Todos esos aldeanos se distinguen por su trato afable. Además advertí que no estaba yo muy predispuesto a soportar una soledad completa, si bien debía reconocer que aquella soledad que me había impuesto a mí mismo muy pronto empezó a disipar mis preocupaciones anteriores. En general me di cuenta de que a una desdicha le cuesta un gran esfuerzo dominar a un hombre solitario de forma permanente. La soledad es más poderosa que todo y vuelve a empujar a uno hacia los otros. Naturalmente, uno intenta entonces vías menos dolorosas, que de hecho simplemente son desconocidas todavía.