Diarios & Carta al padre

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Me uní a la gente de aquellos lugares más de lo que había pensado. Naturalmente, mi trato con ellos no era regular. Las cinco aldeas que me quedaban más o menos cerca se hallaban a algunas horas de distancia tanto de la estación como de las aldeas restantes. No podía arriesgarme a alejarme demasiado de la estación, si no quería perder mi puesto. Y en modo alguno quería perderlo, al menos en los primeros tiempos. Así que a las aldeas mismas no podía ir y debía conformarme con los pasajeros del tren o aquéllos a los que no importaba recorrer un largo camino para hacerme una visita. Ya en el primer mes hubo gente de ésa, pero por muy amables que fueran no resultaba difícil darse cuenta de que venían únicamente para intentar algún negocio conmigo; por lo demás, tampoco ocultaban en modo alguno su propósito. Aquella gente traía mercancías diversas y yo al principio, mientras tuve dinero, solía comprarlo todo, por lo general sin mirar lo que compraba, tan contento estaba de ver a esa gente, sobre todo a algunos. Más tarde reduje las compras, entre otras razones porque creí advertir que a aquella gente le resultaba despreciable mi modo de comprar. Por otro lado, también recibía provisiones a través del ferrocarril, aunque de pésima calidad y mucho más caras que las que traían los campesinos. Al principio tuve el propósito de cultivar un pequeño huerto de hortalizas, comprar una vaca y de esa forma independizarme lo más posible de todos. Me había traído aperos de labranza, así como semillas; tierra la había en abundancia, se extendía sin cultivar hasta donde alcanzaba la vista, alrededor de mi caseta, en una llanura sin la menor elevación. Pero yo era demasiado débil para dominar aquel suelo. Un suelo reacio, que permanecía completamente helado hasta bien entrada la primavera y que se resistía incluso a mi afilado pico, que era nuevo. Cuanta semilla se echaba en aquel terreno se perdía. Aquellos trabajos me producían ataques de desesperación. Me quedaba días enteros tumbado en mi camastro y ni siquiera salía de la caseta cuando llegaban los trenes. Sólo asomaba la cabeza por el ventanuco que se abría exactamente encima de mi camastro y notificaba que estaba enfermo. Entonces el personal del tren, que se componía de tres hombres, entraba en mi caseta para verme y calentarse, pero el calor que encontraban no era mucho, pues en lo posible evitaba usar la vieja estufa de hierro, que explotaba con facilidad. Prefería permanecer acostado, envuelto en un viejo abrigo que daba mucho calor y cubierto con diversas pieles que poco a poco había ido comprando a los campesinos. «Te pones enfermo a menudo», me decían. «Eres una persona enfermiza. Nunca saldrás de aquí.» Y no es que lo dijeran por entristecerme, sino por el afán de decir francamente la verdad siempre que podían. La mayor parte de las veces decían aquello abriendo mucho los ojos, de una manera peculiar.


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