Diarios & Carta al padre

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Salgo de casa para dar un pequeño paseo. Hace buen tiempo, pero la calle está sorprendentemente desierta, la única persona que hay en ella es, allá lejos, un empleado municipal que tiene en la mano una manguera y con ella lanza a lo largo de la calle un enorme chorro de agua en forma de arco. «Inaudito», digo examinando la extensión de aquel arco. «Un empleadillo municipal», digo volviendo a mirar al hombre allá lejos. Dos señores están batiéndose en la esquina de la próxima bocacalle, chocan, se separan un buen trecho volando, se acechan mutuamente y vuelven a juntarse. «Pero dejen ustedes de batirse, señores», digo.

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El estudiante Kosel estaba sentado a su mesa estudiando. Tan absorto se hallaba en su trabajo que no notó en absoluto que oscurecía, cosa que en aquel cuarto mal situado, con vistas al patio interior, empezaba ya a ocurrir, pese al claro día de mayo, hacia las cuatro de la tarde. Los labios en forma de hocico, apretados y prominentes, los ojos, sin que él lo supiera, profundamente inclinados sobre el libro, leía. A veces se interrumpía, apuntaba en un cuadernito breves resúmenes de lo leído y susurraba luego de memoria, con los ojos cerrados, lo que había apuntado. Frente a su ventana, a menos de cinco metros, había una cocina en la que una muchacha estaba planchando ropa interior y miraba a veces hacia donde estaba Kosel.


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