Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre De pronto Kosel dejó el lápiz y, mirando al cielo raso, se puso a escuchar. En la habitación de arriba alguien estaba caminando en redondo, evidentemente descalzo, y daba vueltas y más vueltas. A cada paso que daba se oía un sonoro chapoteo, como cuando uno pisa agua. Kosel meneó la cabeza. Aquellos paseos de allá arriba, que él tenía que aguantar desde que aproximadamente una semana antes llegó un inquilino nuevo, significaban, si no se defendía de alguna forma, el final no sólo de su estudio del día de hoy, sino de su estudio en general. Ninguna cabeza fatigada por el esfuerzo de un trabajo mental podía soportar eso.
Existen ciertas relaciones de las que tengo un sentimiento nítido, pero de las que soy incapaz de obtener un conocimiento. Bastaría con que me sumergiese un poco más, pero justo en esos casos el impulso hacia arriba se vuelve tan intenso que, si no sintiese pasar por debajo de mí las corrientes, podría creerme que estoy en el fondo del agua. En todo caso, me dirijo hacia arriba, de donde me llega el resplandor mil veces refractado de la luz. Subo y me agito allí de un lado para otro, aunque odio todo lo de arriba y de ello
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