Diarios & Carta al padre

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En el preciso momento en que caminaba a lo largo del alto muro coronado de verde de una de las granjas se abrió en el mismo una pequeña puerta, asomaron tres caras, desaparecieron y la puerta volvió a cerrarse. «Qué extraño», dije a un lado, como si tuviese un acompañante. Y, en efecto, como para desconcertarme, junto a mí estaba, fumando una pipa, un hombre alto, sin sombrero ni chaqueta, con un chaleco negro de punto. Enseguida me repuse y, como si ya con anterioridad me hubiese percatado de su presencia, dije: «¡Esa puerta! ¿También usted ha visto cómo se ha abierto esa pequeña puerta?». «Sí», dijo el hombre, «pero qué tiene de extraño, eran los hijos del arrendatario. Han oído sus pasos y han salido a mirar quién pasa tan tarde por aquí.» «Es, desde luego, una explicación sencilla», dije sonriendo, «a un forastero es fácil que todo le resulte extraño. Muchas gracias.» Y continué mi camino. Pero aquel hombre me seguía. En realidad no me asombré de ello, aquel hombre podía llevar el mismo camino que yo, pero no había ninguna razón para que caminásemos uno detrás del otro y no uno al lado del otro. Me di la vuelta y dije: «¿Voy bien por aquí para la posada?». El hombre se paró y dijo: Nosotros no tenemos posada, o, mejor dicho, sí tenemos una, pero es inhabitable. Pertenece al municipio y hace años que, como nadie la solicitaba, éste se la cedió a un viejo mutilado al que hasta entonces había tenido que mantener. Este mutilado regenta ahora la posada junto con su mujer, pero de tal forma que apenas es posible pasar por la puerta, tan fuerte es el hedor que de allí sale. En la taberna uno resbala de la suciedad que hay. Una miseria, una vergüenza para la aldea, una vergüenza para el municipio. Sentí ganas de contradecir a aquel hombre, me incitaba a hacerlo su aspecto, aquella cara flaca en el fondo, con unas mejillas amarillentas, apergaminadas, apenas rellenas, y unas arrugas negras que se agitaban por toda su cara según los movimientos de sus mandíbulas. «Vaya», dije sin expresar mayor asombro por tales circunstancias, y continué: «Aun así, dado que estoy resuelto a pernoctar aquí, me alojaré en la posada». «Pues entonces», dijo presurosamente el hombre, «a la posada tiene que ir usted por aquí», y señaló con la mano en la dirección de la que yo había venido. «Vaya hasta la próxima esquina y luego tuerza a la derecha. Enseguida encontrará el cartel de una posada. Allí es.» Le di las gracias por la información y volví a pasar al lado de aquel hombre, que en ese momento me observó con especial atención. Frente a la posibilidad de que me hubiera señalado una dirección falsa, yo estaba desde luego indefenso, pero no iba a desconcertarme ni por forzarme ahora a desfilar delante de él ni por haber desistido con rapidez tan sorprendente de sus advertencias contra la posada. Otro me indicaría dónde se encontraba la posada, y si estaba sucia, yo bien podría dormir por una vez en la suciedad, si así quedaba satisfecha mi obstinación. Además, tampoco tenía muchas otras opciones, ya estaba oscuro, la lluvia había reblandecido las carreteras comarcales y el camino hasta la próxima aldea era todavía largo.


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