Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Ya tenía a mis espaldas a aquel hombre y me proponía no volver a preocuparme en absoluto de él cuando oí una voz de mujer que le hablaba al hombre. Me di la vuelta. De la sombra debajo de un grupo de plátanos salió una mujer alta, erguida. Su falda resplandecía con colores amarillentos oscuros, en su cabeza y en sus hombros llevaba un pañuelo negro de mallas gruesas. «Pero vente ya a casa», le dijo al hombre. «¿Por qué no vienes?» «Ya voy», dijo él. «Aguarda un momento. Quiero ver qué hará este hombre. Es forastero. Anda vagando por aquí sin ninguna necesidad. Mira.» Hablaba de mí como si yo estuviera sordo o no entendiese su idioma. Por supuesto, lo que él dijera no me importaba mucho, pero me habría desagradado, naturalmente, que hubiese difundido por la aldea cualesquiera rumores falsos sobre mí. Así que le dije a la mujer: «Estoy buscando la posada, nada más. Su marido no tiene derecho a hablar de mí de esa forma ni a sugerirle a usted una opinión quizá falsa sobre mí». Pero la mujer apenas me miró, sino que se acercó a su marido —pues me había percatado de que era su marido, tan obvia era la relación existente entre ellos— y le puso la mano en el hombro: «Si quiere usted algo, hable con mi marido, no conmigo». «No deseo nada en absoluto», dije molesto por aquella forma de tratarme, «yo no me meto con usted, así que tampoco se meta usted conmigo. Es lo único que le pido.» La mujer se encogió de hombros, eso aún pude verlo en la oscuridad, pero lo que ya no pude ver fue la expresión de sus ojos. Evidentemente quiso contestar algo, pero su marido dijo: «¡Cállate!», y ella se calló.