Diarios & Carta al padre

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Aquel encuentro me pareció ya definitivamente liquidado, me di la vuelta e iba a proseguir mi camino cuando alguien exclamó «Señor». Probablemente se dirigían a mí. En el primer momento no supe en absoluto de dónde venía la voz, pero luego vi sentado por encima de mí, en el muro de la granja, a un joven que, bamboleando sus piernas y entrechocando sus rodillas, me decía: «Acabo de oír que quiere usted pernoctar en la aldea. Excepto en esta granja, en ninguna otra parte conseguirá usted un alojamiento apropiado». «¿En esta granja?», pregunté, e involuntariamente, lo cual más tarde me dio rabia, eché una mirada interrogativa a los dos cónyuges, que, apoyados el uno en el otro, seguían todavía allí, observándome. «Así es», dijo él, había orgullo tanto en su respuesta como en toda su actitud. «¿Se alquilan aquí camas?», volví a preguntar para asegurarme y para encajar a aquel hombre en el papel de posadero. «Sí», dijo y ya empezaba a apartar un poco su mirada de mí, «aquí se ceden camas para pasar la noche, no a todo el mundo, sino sólo a aquéllos a los que se les ofrecen.» «Acepto», dije, «pero, natural mente, pagaré la cama, como en la posada.» «Por favor», dijo el hombre, que ya hacía tiempo había dejado de mirarme, «no queremos aprovecharnos de usted.» Él estaba sentado arriba como si fuera el señor, yo estaba de pie abajo como si fuera un criado cualquiera, tuve muchas ganas de espabilar al de arriba de una pedrada. En vez de eso, dije: «Abrame la puerta, por favor». «No está cerrada», dijo él.


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