Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre «No está cerrada», repetí refunfuñando casi sin darme cuenta, abrí la puerta y entré. Nada más entrar levanté casualmente la vista hacia el muro, pero el hombre ya no estaba allí, era evidente que había saltado del muro, a pesar de la altura, y quizá estaba hablando con el matrimonio. Que hablasen lo que quisieran, qué podía pasarle a un hombre joven como yo, cuyo dinero en metálico apenas superaba los tres florines y cuyas posesiones restantes no consistían en mucho más que una camisa limpia en la mochila y una pistola en el bolsillo del pantalón. Además, aquella gente no tenía en absoluto aspecto de querer robar a nadie. ¿Y qué otras cosas podían pretender de mí? Era aquél el típico jardín descuidado de las grandes granjas campesinas, el sólido muro de piedra hacía esperar algo más. En medio de la alta hierba se alzaban, distribuidos de forma regular, castaños que habían perdido sus flores. A lo lejos se veía la casa de los labradores, vasto edificio de una sola planta. Ya había oscurecido mucho; yo era un huésped tardío; si el hombre del muro me hubiese mentido de alguna forma, podía llegar a encontrarme en una situación desagradable. En el camino hacia la casa no me topé con nadie, pero ya un par de pasos antes de la casa vi en el primer aposento, por la puerta abierta, a dos viejos de buena estatura, hombre y mujer, que, sentados juntos, sus caras vueltas hacia la puerta, estaban comiendo de una misma fuente una especie de puré. En medio de aquellas tinieblas no distinguí nada, sólo en la chaqueta del hombre había en algunos sitios un brillo como de oro, sin duda eran los botones o la cadena del reloj. Saludé y luego dije, sin traspasar por el momento el umbral: «Andaba buscando en este lugar un alojamiento para pasar la noche cuando un joven que estaba sentado en lo alto del muro de su jardín me dijo que aquí en esta granja es posible pernoctar pagando». Los dos viejos habían hundido sus cucharas en el puré, se habían recostado en su banco y me miraban silenciosos. Muy hospitalaria no era su actitud. Por eso añadí: «Espero que la información que he recibido sea correcta y que no les baya molestado innecesariamente». Lo dije en voz muy alta, pues quizá aquellos dos fueran también duros de oído. Acérquese, dijo el hombre, pasado un rato. Sólo porque era tan viejo lo obedecí, de lo contrario habría insistido, naturalmente, en que me diese una respuesta precisa a mi pregunta precisa. De todos modos dije, mientras entraba: «Si el acogerme les causa a ustedes la más mínima dificultad, díganlo francamente, no insisto en absoluto en que me acojan. Me voy a la posada, me es completamente indiferente». «Habla demasiado», dijo en voz baja la mujer. Aquello no podía tener otro propósito que el de ofenderme; a mis cortesías se respondía, por lo tanto, con ofensas, pero aquella mujer era una vieja, yo no podía defenderme. Y quizá fue precisamente esa indefensión mía la razón de que la observación de la mujer, que yo no podía replicar, causase en mí un efecto mucho mayor del que merecía. Notaba yo que estaba en cierto modo justificado que se me recriminase algo, y no porque hubiese hablado demasiado, pues de hecho sólo había dicho lo estrictamente necesario, sino por otras razones íntimamente ligadas a mi existencia.