Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre No dije nada más, no insistí en que se me diera una respuesta, en un oscuro rincón cercano vi un banco, fui hacia él y me senté. Los viejos comenzaron de nuevo a comer, de una habitación contigua salió una muchacha y colocó encima de la mesa una vela encendida. Ahora se veía menos todavía que antes, todo se había concentrado en la oscuridad, sólo la pequeña llama oscilaba por encima de las cabezas un poco inclinadas de los viejos. Unos cuantos niños entraron corriendo del jardín, uno de ellos se cayó cuán largo era y se puso a llorar, los otros frenaron su carrera y ahora estaban allí dispersos por la habitación, el viejo dijo: «Id a dormir, niños». Enseguida se reagruparon, el de los lloros ya sólo gimoteaba, un muchacho que estaba cerca de mí me tiró suavemente de la chaqueta, como invitándome a que me fuera también con ellos, de hecho yo quería irme también a dormir, así que me levanté y salí sin decir palabra de la habitación, un hombre alto en medio de aquellos niños, que todos a una dieron las buenas noches. El muchachito amable me tomó de la mano, de forma que me orienté fácilmente en la oscuridad. Pero muy pronto llegamos también a una escalera de mano, subimos por ella y estuvimos en el desván. Por un ventanuco abierto del tejado se veía la delgada hoz de la luna, daba gusto colocarse debajo de aquel ventanuco, mi cabeza casi llegaba hasta él, y respirar el aire tibio y sin embargo fresco. En el suelo había, junto a una pared, un montón de paja, también para mí había allí espacio suficiente para dormir. Los niños —eran dos chicos y tres chicas— se desvistieron entre risas, yo me había arrojado vestido sobre la paja, pues estaba en casa de personas desconocidas y no tenía ningún derecho a ser admitido allí. Apoyado en el codo, estuve mirando un rato a los niños, que jugaban semidesnudos en un rincón. Pero luego me sentí tan cansado que coloqué la cabeza sobre mi mochila, estiré los brazos, pasé la vista todavía un rato por las vigas del tejado y me dormí. Estando todavía en el primer sueño, me pareció oír exclamar a uno de los muchachos: Atención, que viene, después de lo cual todavía resonaron dentro de mi consciencia ya desvaneciente los apresurados pasitos de los niños, que corrían hacia sus yacijas. Era seguro que yo sólo había dormido muy poco tiempo, pues, cuando me desperté, la luz de la luna entraba por el ventanuco casi igual que antes, iluminando el mismo lugar del suelo. Yo no sabía por qué me había despertado, pues había dormido profundamente y sin sueños. Entonces noté a mi lado, aproximadamente a la altura de mi oreja, la presencia de un perro chiquitín, peludo, uno de esos repulsivos perritos falderos con una cabeza relativamente grande, rodeada de pelos rizados, en la que los ojos y el hocico están engastados flojamente como adornos en una inerte masa córnea. ¿Cómo había llegado a la aldea aquel perro, más propio de una ciudad? ¿Qué lo empujaba a dar vueltas por la casa durante la noche? ¿Por qué estaba junto a mi oreja? Le di un bufido para que se fuese, quizá era un juguete de los niños y sólo se había acercado a mí por equivocación. Se asustó de mis soplidos, pero no escapó corriendo, sino que sólo se dio la vuelta y se quedó allí con sus patitas torcidas, mostrando su cuerpo desmedrado, especialmente en comparación con su cabezota. Como se quedó quieto, quise volver a dormirme, pero fui incapaz, continuamente estaba viendo a aquel perro balancearse en el aire y poner los ojos en Illanco justo delante de mis ojos cerrados. Aquello resultaba insoportable, era incapaz de aguantar junto a mí a aquel animal, me levanté y lo tomé en brazos para llevarlo afuera. Pero aquel animal tan abúlico hasta entonces empezó a defenderse e intentó clavarme sus garras. Así que tuve que sujetar también sus patitas, cosa que resultó ciertamente fácil, pues podía agarrar las cuatro patas con una sola mano. «Está bien, perrito», le dije a aquella furiosa cabecita de rizos oscilantes mientras me adentraba en la oscuridad para buscar la puerta. Sólo entonces me llamó la atención lo muy tranquilo que estaba el perrito, no ladraba ni gruñía, únicamente la sangre le latía salvajemente por todas sus venas, eso sí lo sentí. No había dado más que un par de pasos cuando —la atención que el perro me reclamaba me había hecho imprudente— choqué, con gran disgusto mío, con uno de los niños dormidos. Ahora estaba completamente oscuro en la buhardilla, era ya muy poca la luz que entraba por el ventanuco. El niño gimió, yo me quedé parado un momento, ni siquiera aparté la punta de mi pie, para no despertar más al niño con un cambio de posición. Era demasiado tarde, de pronto vi a los niños levantarse a mi alrededor con sus camisas blancas, como si se hubiesen puesto de acuerdo, como si obedeciesen una orden, no era culpa mía, yo había despertado a un solo niño, y ni siquiera había sido propiamente un despertar, sino sólo una pequeña perturbación que el sueño de un niño debería haber soportado con facilidad. Lo cierto era que ahora estaban despiertos. «¿Qué queréis, niños?», pregunté, «seguid durmiendo.» Usted lleva algo, dijo uno de los muchachos, y los cinco niños se pusieron a tantearme. Sí, dije, no tenía nada que ocultar, si los niños querían ellos mismos llevar el perro afuera, tanto mejor. «Voy a sacar este perro. No me deja dormir. ¿Sabéis de quién es?» «De la señora Cruster», eso al menos creí entreoír de sus exclamaciones confusas, vagas, soñolientas, no destinadas a mí, sino sólo a ellos mismos. «¿Y quién es la señora Cruster?», pregunté, pero no recibí ninguna respuesta más de aquellos excitados niños. Uno de ellos me quitó del brazo el perro, que ahora se había calmado del todo, y salió corriendo, todos lo siguieron. Yo no quería quedarme solo allí, también se me habían quitado las ganas de dormir, titubeé, ciertamente, un instante, me pareció que estaba entrometiéndome demasiado en los asuntos de aquella casa, en la que nadie me había mostrado gran confianza, pero finalmente salí corriendo detrás de los niños. Oía las pisadas de sus pies a poca distancia delante de mí, pero en aquella completa oscuridad y sin conocer el camino tropecé varias veces e incluso en una ocasión me golpeé dolorosamente la cabeza contra la pared. Llegamos a la habitación en la que me había encontrado por primera vez con los viejos, estaba desierta, por la puerta todavía abierta se veía el jardín iluminado por la luna. «Sal fuera», me dije, «la noche es cálida y clara, es posible continuar la marcha o bien pernoctar al aire libre. No tiene ningún sentido andar aquí corriendo detrás de esos niños.» Pero seguí corriendo, pues aún tenía mi sombrero, mi bastón y mi mochila arriba en el desván. ¡Cómo corrían aquellos niños! Con sus camisas flotantes al viento habían atravesado al vuelo, de dos saltos, según había visto yo claramente, la habitación iluminada por la luna. Se me ocurrió que en agradecimiento por la falta de hospitalidad de aquella casa había espantado a los niños, organizado una carrera por la casa, incluso llenado de ruido la casa, en vez de dormir (los pasos de los pies desnudos de los niños apenas se oían al lado de mis pesadas botas), y ni siquiera sabía qué consecuencias tendría todo aquello. De pronto se hizo una gran luz. En una habitación con ventanas abiertas de par en par que se abría delante de nosotros, al resplandor de una hermosa lámpara de pie, una grácil mujer estaba sentada a una mesa escribiendo. «¡Niños!», exclamó sorprendida la mujer, a mí aún no me veía, pues permanecía parado en la sombra frente a la puerta. Los niños pusieron el perro encima de la mesa, sin duda querían mucho a aquella mujer, continuamente intentaban mirarla a los ojos, una niña tomó su mano y la acarició, ella la dejó hacer y apenas lo notó. El perro se hallaba delante de ella, encima del pliego en el que había estado escribiendo hasta aquel momento, y alargaba temblorosa su pequeña lengua, que se veía claramente a poca distancia de la pantalla. Los niños pidieron permiso para quedarse allí y con halagos intentaron arrancar su consentimiento a la mujer. La mujer estaba indecisa, se levantó, alargó los brazos, señaló la única cama que allí había y el duro suelo. Los niños no querían darse por vencidos y, para probarlo, se tendieron en el suelo, allí donde estaban; durante un rato todos permanecieron callados. Sonriendo, las manos juntas en su regazo, la mujer miraba hacia los niños. De vez en cuando un niño levantaba la cabeza, pero como veía que los demás seguían acostados, volvía a echarse.