Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 23.VII 1914. El tribunal en el hotel[520]. La ida en el coche de caballos. La cara de Lelice. Se atusa el pelo con las manos, se limpia la nariz con la mano, bosteza. De pronto reacciona, dice cosas bien pensadas, largo tiempo guardadas, hostiles. La vuelta con la señorita Bloch. La habitación del hotel, el calor reflejado por la pared de enfrente. También llega calor de las dos paredes arqueadas que circundan la ventana de la habitación, situada al fondo. Encima, sol de tarde. El ágil camarero, casi un judÃo oriental. Ruido en el patio, como en una fábrica de maquinaria. Malos olores. La chinche. DifÃcil decisión de aplastarla. La camarera se queda asombrada: en ninguna parte hay chinches, sólo una vez un huésped encontró una en el corredor. En casa de sus padres. Unas cuantas lágrimas de su madre. Recito la lección. Su padre lo comprende correctamente desde todos los puntos de vista. Ha venido expresamente por mà de Malmö, viajando de noche, está sentado en mangas de camisa. Me dan la razón, contra mà no cabe decir nada, o no mucho. Diabólico con toda inocencia. Aparente culpa de la señorita Bloch. Por la noche, sólo en una silla en Unter den Linden. Dolores de vientre. Cobrador triste. Se planta delante de la gente, da vueltas en sus manos a los billetes y sólo si se le paga se lo puede echar de allÃ. Pese a toda su aparente torpeza, desempeña muy bien su cargo, en un trabajo continuado como éste no es posible ir volando de un lado para otro, además tiene que intentar recordar a la gente. A la vista de gente asÃ, siempre las mismas reflexiones: Cómo ha llegado a este cargo, cuánto le pagan, dónde estará mañana, qué lo aguarda en su vejez, dónde vive, en qué rincón se despereza antes de dormirse, ¿serÃa yo capaz de realizar este trabajo?, ¿cómo me sentirÃa? Todo esto, entre dolores de vientre. Noche horrible, pasada entre grandes sufrimientos. Y, sin embargo, casi ningún recuerdo de ella. En el restaurante Belvedere, junto al puente de Strahlau, con Erna. Ella aún tiene esperanzas, o hace como que las tiene, de que todo acabará bien. Bebido vino. Lágrimas en sus ojos. Salen barcos hacia Grünau, hacia Schwertau. Mucho gentÃo. Música. Erna me consuela, sin que yo esté triste, es decir, mi tristeza es sólo por mÃ, y de esa tristeza no hay consuelo. Me regala Habitaciones góticas[521]. Cuenta muchas cosas (yo no sé nada). En especial, cómo consigue imponerse en el negocio a una vieja colega, venenosa, de pelo blanco. Lo que más le gustarÃa serÃa irse de BerlÃn, tener una empresa propia. Ama la tranquilidad. Cuando estuvo en Sebnitz, muchas veces se pasaba el domingo durmiendo[522]. También puede ser divertida. — En la orilla opuesta, el edificio de la Marina. Ya su hermano alquiló un piso en ese sitio.