Diarios & Carta al padre

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Era alrededor de medianoche. Cinco hombres me detuvieron, un sexto alzó su mano por encima de ellos para agarrarme. «Suelten», exclamé girando en círculo de tal forma que todos ellos se apartaron. Sentía el dominio de alguna ley; al hacer el último esfuerzo, había sabido que tendría éxito, vi cómo todos aquellos hombres volvían ahora contra mí con los brazos levantados, comprendí que al instante siguiente se abalanzarían todos juntos sobre mí, giré hacia el portal de la casa —estaba casi delante de él—, abrí la cerradura, que prácticamente saltó por sí sola y con insólita rapidez, y escapé escaleras arriba. Arriba, en la última planta, estaba mi anciana madre en la puerta de nuestra casa con una vela en la mano. «Ten cuidado, ten cuidado», exclamé ya desde el penúltimo piso, «me persiguen.» «Pero ¿quién? Pero ¿quién?», preguntó mi madre. «¿Quién podría perseguirte a ti, hijo mío?» «Seis hombres», dije sin aliento. «¿Los conoces?», preguntó mi madre. «No, son unos desconocidos», dije. «¿Qué aspecto tienen?» «Apenas los he visto. Uno tiene una barba negra cerrada, otro, un gran anillo en el dedo, uno, un cinto de color rojo, otro tiene rotos los pantalones por las rodillas, otro tiene abierto un solo ojo y el último enseña los dientes.» «Ahora no pienses más en eso», dijo mi madre, «ve a tu cuarto, échate a dormir, te he abierto la cama.» Mi madre, aquella anciana ya invulnerable, con un rasgo de astucia alrededor de la boca que repite inconscientemente las locuras de ochenta años. «¿A dormir ahora?», exclamé


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