Diarios & Carta al padre

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Mi incapacidad de pensar, de observar, de verificar, de recordar, de hablar, de convivir va aumentando cada vez más, estoy convirtiéndome en una piedra, debo consignarlo[529]. Mi incapacidad aumenta incluso en la oficina. Si no me salvo en un trabajo, estoy perdido. ¿Lo veo tan claro como en realidad es? No me escabullo de los hombres porque quiera vivir tranquilo, sino porque quiero sucumbir tranquilo. Pienso en el trecho que recorrimos a pie Erna y yo[530], del tranvía eléctrico a la estación de Lehrte. Ninguno de los dos habló, yo sólo pensaba que cada paso era una ganancia para mí. Y Erna se muestra cariñosa conmigo; incluso, por inconcebible que resulte, cree en mí, a pesar de que me ha visto delante del tribunal; incluso siento de vez en cuando el efecto de esa fe en mí, aunque desde luego no le doy completo crédito a ese sentimiento mío. La primera vida que hubo en mí, desde muchos meses atrás, en presencia de seres humanos la sentí frente a la suiza que iba en mi compartimiento en el viaje de vuelta de Berlín. Me trajo a la memoria a G.W[531]. Incluso exclamó en una ocasión: ¡Niños! — Tenía dolores de cabeza, tanto la atormentaba la circulación de su sangre. Cuerpecillo feo, descuidado, ropa mala, barata, de unos grandes almacenes de París. Pecas en la cara. Pero pies pequeños, perfecto dominio de su cuerpo a pesar de su torpeza, gracias a su pequeña estatura, mejillas redondas, firmes, mirada viva, inextinguible.


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