Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Estaba completamente perplejo. Todavía un momento antes sabía aún qué había que hacer. El jefe me había empujado con su mano extendida hasta la puerta del negocio. Detrás de los dos pupitres estaban mis colegas, presuntos amigos míos, las caras grises hundidas en lo oscuro con el fin de ocultar su expresión. «¡Fuera!», exclamaba el jefe, «¡Ladrón! ¡Fuera! ¡Fuera, digo!» «¡No es verdad», exclamé por centésima vez, «yo no he robado! ¡Es un error o una calumnia! ¡No me toque! ¡Lo denunciaré! ¡Aún hay tribunales! ¡No pienso irme! Como un hijo he estado sirviéndole a usted durante cinco años y ahora soy tratado como un ladrón. Yo no he robado, no he robado, escúcheme, por amor de Dios, yo no he robado.» «Ni una palabra más», dijo el jefe. «¡Usted se va!» Ya estábamos junto a la puerta vidriera, un aprendiz que había salido antes la abrió apresuradamente, el penetrante ruido que llegaba de la calle, por lo demás apartada, me hizo más comprensibles los hechos, me quedé parado en la puerta, los codos en las caderas, y sólo dije, lo más tranquilamente que pude a pesar de que me faltaba la respiración: «Quiero mi sombrero». «Lo tendrá», dijo el jefe retrocediendo un par de pasos, y recibió del encargado Grasmann, que se lo había lanzado por encima del pupitre, mi sombrero; quiso arrojármelo, pero erró la dirección, además lo lanzó con demasiada fuerza, de forma que el sombrero pasó volando a mi lado y acabó en la calzada. «Puede quedarse con el sombrero», dije saliendo a la calle. Y en ese momento me quedé perplejo. Yo había robado, había sacado de la caja de la tienda un billete de cinco florines para poder ir aquella noche al teatro con Sophie. Ella no quería en absoluto ir al teatro; los salarios se pagaban tres días más tarde, para entonces tendría yo dinero propio; además había cometido el robo de forma insensata, en pleno día, junto a la ventana acristalada del despacho del contable, detrás de la cual estaba sentado el jefe mirándome. «¡Ladrón!», gritó saliendo de un salto del despacho del contable. «Yo no he robado», fueron mis primeras palabras, pero el billete de cinco florines estaba en mi mano y la caja estaba abierta.