Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Banz, director de la compañía de seguros El Progreso, miró dubitativamente al hombre que estaba de pie delante de su mesa escritorio solicitando un puesto de ordenanza en la compañía. De vez en cuando echaba un vistazo a los documentos de aquel hombre, que se extendían enfrente de él sobre la mesa. «Alto sí que es usted», dijo, «eso ya se ve, pero ¿qué más es? En nuestra compañía los ordenanzas tienen que saber hacer algo más que lamer sellos de correos, y justo eso no hace falta que sepa hacerlo, pues en nuestra compañía esas cosas se aprenden automáticamente. En nuestra compañía los conserjes son medio empleados, han de realizar trabajos de responsabilidad, ¿se siente usted capaz de realizarlos? Tiene usted una cabeza peculiar. Qué frente más huidiza. ¡Notable! ¿Cuál fue su último puesto? ¿Cómo? ¿Que hace un año que no trabaja? Pero ¿por qué? ¿A causa de una pulmonía? ¿Ah, sí? Bien, eso no es una buena recomendación, ¿no es cierto? Nosotros, naturalmente, sólo empleamos a gente sana. Antes de que usted sea aceptado tendrá que pasar una revisión médica. ¿Que ya está sano? ¿Ah, sí? Desde luego es posible. ¡Si hablase usted más alto! Me pone muy nervioso con su siseo. Aquí veo también que está usted casado, que tiene cuatro hijos. ¿Y hace un año que no trabaja usted en nada? ¡Vaya, hombre! ¿Que su mujer es lavandera? ¿Ah, sí? Bueno. Bien, ya que está usted aquí, que le reconozca enseguida el médico, el conserje lo guiará. Pero no deduzca de eso que vaya a ser aceptado, por mucho que el diagnóstico del médico sea favorable. En absoluto. De todas formas, recibirá una comunicación por escrito. Para ser sincero, voy a decírselo sin rodeos: Usted no me cae bien. Nosotros necesitamos conserjes completamente distintos. De todas formas, que lo reconozcan. Váyase ya, váyase. Aquí las súplicas no sirven de nada. No estoy autorizado a hacer favores. Usted está dispuesto a hacer cualquier trabajo. Seguro. Sucede con todos. Eso no lo distingue de los demás. Lo único que eso muestra es que usted se valora muy poco a sí mismo. Se lo digo por última vez: Váyase y no me entretenga más. Verdaderamente, ya basta.» Banz tuvo que golpear la mesa con la mano antes de que aquel hombre se decidiera a seguir al conserje y salir a rastras del despacho de la dirección.