Diarios & Carta al padre

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7 de octubre de 1914. Para avanzar en la novela me he tomado una semana de permiso. Hasta hoy —hoy es la noche del miércoles, mi permiso acaba el lunes—, un fracaso. He escrito poco, y aún eso, flojo. De todas formas, ya la semana pasada estaba decaído, pero lo que no podía prever era que las cosas fueran a ir tan mal. ¿Permiten ya estos tres días sacar la conclusión de que no soy digno de vivir sin la oficina?

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15 [de octubre de 1914]. Catorce días, buen trabajo en parte, perfecta comprensión de mi situación. — Hoy jueves (el lunes acaba mi permiso, me he tomado una semana más de permiso), carta de la señorita Bloch. No sé qué hacer, lo que sí sé es que está decretado que yo permanezca sólo (si es que permanezco, cosa que no está en absoluto decretada), tampoco sé si quiero a Felice (pienso en la repulsión que sentí viéndola bailar con una mirada severa, dirigida al suelo, o cuando en el Askanischer Hof[537], poco antes de irse, se pasó la mano por la nariz y por el pelo, y en los innumerables momentos de total lejanía), pero, pese a todo, su infinito atractivo reaparece, he estado jugando toda la noche con la carta, el trabajo no avanza a pesar de que me siento capaz (de todas formas, entre torturantes dolores de cabeza, que he tenido ya toda la semana) de realizarlo. Transcribo todavía, de memoria, la carta que he escrito a la señorita Bloch:


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