Diarios & Carta al padre

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Durante las largas horas del atardecer eran ellos los únicos que me molestaban. De lo contrario, permanecía tumbado en el camastro, no pensaba en el pasado, no pensaba en la línea férrea, el próximo tren pasaba entre las diez y las doce de la noche, en resumen, no pensaba en nada de nada. De vez en cuando leía un periódico viejo que me habían tirado desde el tren, contenía historias sobre escándalos de Kalda que seguramente me habrían interesado, pero que no podía recomponer con un solo ejemplar suelto. Además, en cada número venía la continuación de una novela que se titulaba La venganza del comandante. Una vez soñé con aquel comandante, que siempre llevaba al costado un puñal y que en una ocasión incluso lo sostuvo entre los dientes. Por lo demás, no podía leer mucho, oscurecía pronto y tanto el petróleo como las velas de sebo resultaban carísimos. La línea férrea me suministraba tan sólo medio litro de petróleo para todo el mes, pero yo ya lo había gastado mucho antes de que el mes transcurriese con sólo mantener encendido durante media hora por la noche el farol de señales para el tren. Aquel farol, sin embargo, no era necesario en absoluto, y más adelante dejé de encenderlo, al menos en las noches de luna. Preveía perfectamente que, una vez transcurrido el verano, necesitaría con mucha urgencia el petróleo. De ahí que cavase un hoyo en un rincón de la caseta, colocase en él un viejo barril de cerveza y cada mes vertiese en él el petróleo ahorrado. El conjunto quedaba tapado con paja y nadie advirtió nada. Cuanto más hedía a petróleo en la caseta, más contento estaba yo; el hedor llegó a ser muy fuerte porque el barril era de madera vieja y quebradiza y quedó completamente impregnado de petróleo. Más tarde, por precaución, enterré el barril fuera de la caseta, pues en una ocasión el inspector estuvo vanagloriándose ante mí de una caja de cerillas que tenía y al pedírsela yo se puso a lanzarlas al aire encendidas, una tras otra. Los dos, y en particular el petróleo, corrimos verdadero peligro, pero salvé la situación arrojándome al cuello del inspector y apretándolo hasta que soltó las cerillas.


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