Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Pero luego yo no bebía nada durante todo el mes, tampoco fumaba, hacía mi trabajo y no quería nada más. Como he dicho, el trabajo no era mucho, pero yo lo hacía a fondo. Tenía, por ejemplo, la obligación de limpiar e inspeccionar diariamente los raíles a derecha e izquierda hasta un kilómetro de distancia de la estación. Pero yo no me atenía a esa norma y a menudo iba mucho más lejos, tanto que ya apenas podía ver la estación. Con tiempo claro aún era posible verla a unos cinco kilómetros de distancia, pues el terreno era completamente llano. Cuando me alejaba tanto que la caseta era apenas algo que centelleaba a la distancia, veía a veces, a consecuencia de una ilusión óptica, muchos puntos negros que se movían hacia la caseta. Eran grandes grupos, verdaderos regimientos. Pero a veces iba realmente alguien, y entonces yo volvía corriendo agitando el pico durante todo el largo trayecto.
Hacia el anochecer daba por terminado mi trabajo y me retiraba definitivamente a la caseta. Habitualmente no venían visitas a esa hora, pues de noche no era del todo seguro el camino de vuelta a las aldeas. Rondaban por la zona vagabundos de varios tipos, no eran nativos de allí, e iban cambiando, pero solían regresar. Llegué a verlos a casi todos, la solitaria estación los atraía, en realidad no eran peligrosos, pero había que tratarlos con severidad.