Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Uno de los incentivos que me habían conducido a aquella estación había sido la perspectiva de la caza. Me habían dicho que aquella zona era extraordinariamente abundante en caza y yo ya me había asegurado una escopeta, que quería me enviasen cuando hubiese ahorrado algún dinero. Pero resultó que allí no había el menor rastro de animales de caza, por allí sólo aparecían, según decían, lobos y osos, aunque en los primeros meses no los vi, y había además unas ratas grandes, muy extrañas, que enseguida pude observar cómo corrían en bandadas por la estepa como empujadas por el viento. Pero los animales de caza que yo había venido a buscar no aparecían por ninguna parte. No es que me hubiesen informado mal, la región abundante en caza existía, sólo que distaba de allí tres días de marcha — yo no había tenido en cuenta que en aquellas tierras deshabitadas a lo largo de centenares de kilómetros las indicaciones topográficas tenían que ser necesariamente inseguras. En todo caso, por el momento no necesitaba la escopeta y podía emplear el dinero en otras cosas; pero para el invierno tendría que procurarme, desde luego, una escopeta, e iba apartando con regularidad dinero para la misma. Con las ratas, que a veces atacaban mis provisiones de alimentos, bastaba mi largo cuchillo. Durante la primera época, cuando yo aún tenía curiosidad por todo, ensarté una vez en mi cuchillo una de aquellas ratas y la sostuve contra la pared a la altura de mis ojos. A los animales pequeños no se los ve con exactitud hasta que se los tiene delante a la altura de los ojos; si uno se agacha hacia ellos y los mira allí en la tierra, la idea que de ellos saca es falsa e incompleta. Lo más sorprendente de aquellas ratas eran sus uñas, grandes, un poco combadas y sin embargo afiladas en su punta, unas uñas muy apropiadas para excavar. En su último espasmo, la rata que colgaba frente a mí en la pared extendió sus uñas y las puso rígidas de forma muy poco conforme a su naturaleza, parecían manitas tendidas hacia uno. En general estos animales me molestaban poco, sólo me despertaban a veces por la noche cuando pasaban a la carrera junto a mi caseta, golpeando en el duro suelo. Si yo entonces me incorporaba en el camastro y encendía una velita, podía ver las uñas de una rata introducidas desde fuera, trabajando febrilmente en un hueco debajo de los tablones. Era un trabajo completamente inútil, pues la rata habría tenido que trabajar días y días para excavar un agujero lo suficientemente grande para ella, y sin embargo salía huyendo tan pronto como empezaba a clarear un poco, a pesar de lo cual se afanaba como un trabajador que sabe lo que quiere. Y realizaba un buen trabajo, si bien es verdad que las partículas que salían volando cuando cavaba eran imperceptibles, lo seguro es que la rata nunca usaba sus uñas sin conseguir un resultado. A menudo me quedaba mirándola mucho rato durante la noche, pero la regularidad y la calma de semejante espectáculo me adormecían. Luego ya no tenía fuerza para apagar la vela y ésta seguía durante un rato alumbrando a la rata en su trabajo. Una vez, en una noche calurosa, al oír trabajar aquellas uñas, salí con cuidado de la caseta, sin encender ninguna luz, con el fin de ver al propio animal. Para acercarse lo más posible a la madera y para deslizar lo más hondo posible sus uñas debajo de la madera, la rata tenía su cabeza, de hocico puntiagudo, profundamente hundida entre sus patas delanteras, casi metida entre ellas. La tensión de su cuerpo era tal que habría podido creerse que alguien sujetaba firmemente dentro de la caseta las uñas de la rata y quería arrastrar el animal entero hacia el interior. Sin embargo todo acabó con un puntapié con el que maté al animal. Estando completamente despierto, no debía tolerar que mi caseta, única cosa que poseía, fuese atacada.