Diarios & Carta al padre

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Con el fin de proteger la caseta contra estas ratas tapé con paja y estopa todos los huecos y cada mañana revisaba el suelo dando una vuelta alrededor. También, cosa que podía ser útil para el invierno, tenía el propósito de recubrir con tablas el suelo de la caseta, el cual, de momento, sólo era de tierra apisonada. Hacía mucho que un campesino de la aldea más cercana, apellidado Jekoz, me había prometido traer con ese objeto hermosas tablas secas, por mi parte yo, en compensación de esa promesa, lo había agasajado bastante a menudo, era un hombre que nunca dejaba pasar mucho tiempo sin aparecer, venía cada catorce días, a veces también tenía que hacer envíos por ferrocarril, pero las tablas nunca las traía. Para no traerlas tenía varias excusas, casi siempre la de que él era ya demasiado viejo para arrastrar esa carga, y su hijo, que iba a ser quien traería las tablas, precisamente entonces estaba ocupado en labores agrícolas. Ahora bien, pese a que, según indicara él mismo, Jekoz tenía, y parecía ser cierto, mucho más de setenta años, era un hombre alto, muy fuerte todavía. Además, unas veces cambiaba de excusa y otras hablaba de las dificultades de conseguir tablas tan largas como las que yo necesitaba. Yo no insistía, no tenía una gran necesidad de las tablas, había sido el propio Jekoz el que me había sugerido la idea de recubrir el suelo con ellas, quizá no fuera tan ventajoso recubrirlo con tablas, en resumen, podía escuchar tranquilo las mentiras del viejo. Mi permanente saludo era: «¡Las tablas, Jekoz!». Y enseguida comenzaban, en un lenguaje casi balbuceado, sus excusas, Jekoz me llamaba inspector, o capitán, o simplemente telegrafista, me prometía no sólo traerme muy pronto las tablas, sino derribar, con la ayuda de su hijo y de algunos vecinos, mi caseta entera y construir en su lugar una casa más sólida. Yo oía a aquel hombre hasta que sus palabras me fatigaban y entonces lo empujaba afuera. Pero, todavía en la puerta, él, para obtener mi perdón, levantaba sus brazos, que según decía eran muy débiles, pero con los cuales, en realidad, habría podido estrujar a un hombre adulto. Yo sabía por qué no traía las tablas, Jekoz pensaba que, cuanto más se acercase el invierno, más urgentemente las necesitaría y mejor las pagaría, además él mismo tendría para mí más valor mientras no estuvieran entregadas las tablas. Naturalmente, no era tonto y sabía que yo adivinaba sus intenciones, pero le parecía una ventaja el hecho de que yo no aprovechase ese conocimiento mío, y la conservaba.


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