Diarios & Carta al padre

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Todos los preparativos que yo iba haciendo para asegurar la caseta contra aquellos animales y para protegerme a mí mismo contra el invierno tuvieron sin embargo que ser suspendidos cuando —estaba acercándose a su final mi primer trimestre de servicio— enfermé gravemente. Hasta entonces, durante años, había estado libre de toda enfermedad, incluso de la más leve indisposición, pero esta vez enfermé. Todo empezó con una fuerte tos. A unas dos horas de marcha de la estación, tierra adentro, había un arroyuelo del que yo solía sacar mi provisión de agua en un barril que transportaba con una carretilla. También me bañaba bastante a menudo en el arroyuelo y aquella tos era la consecuencia de esos baños. Los ataques de tos eran tan violentos que cuando tosía tenía que doblarme, pensaba que si no me doblaba, reuniendo así todas mis fuerzas, no podría resistir la tos. Suponía que el personal del ferrocarril se horrorizaría de mi tos, pero ya la conocían, la llamaban tos de lobo. A partir de aquel momento comencé a entreoír aullidos en mi tos. Yo estaba sentado en la banqueta delante de la caseta y saludaba con aullidos al tren cuando llegaba, con aullidos acompañaba su partida. Por las noches, en vez de tumbarme en el camastro, me arrodillaba encima de él y apretaba la cara contra las pieles, para al menos ahorrarme escuchar aquellos aullidos. Aguardaba con tensión a que la rotura de algún vaso sanguíneo pusiese fin a todo. Nada de eso ocurrió, sin embargo, y la tos se me pasó en pocos días. Pero me quedó una fiebre, y ésa ya no se me quitó.


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