Diarios & Carta al padre

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Sueño de esta noche, que ni siquiera al amanecer me parecía bonito, a excepción de una pequeña escena cómica compuesta de dos réplicas, que tenía como consecuencia un enorme bienestar en sueños, pero que ya he olvidado. Yo iba atravesando —Max estaba presente, pero no sé si desde el primer momento— una larga fila de casas a la altura de entre la primera y la segunda planta, de la manera que se pasa de un vagón a otro en los trenes de largo recorrido. Andaba muy deprisa, quizá también porque a veces la casa era tan frágil que había que ir lo más rápido posible. Las puertas entre las casas me pasaban totalmente desapercibidas, lo único que había era una enorme hilera de habitaciones, pese a lo cual se distinguía no sólo la diferencia entre cada uno de los pisos sino también entre las casas. Me parece que atravesaba todo el tiempo habitaciones con camas. En el recuerdo me ha quedado una cama típica, que está a mi lado izquierdo junto a una pared oscura o sucia quizá inclinada, como de buhardilla, que tiene un pequeño montón de ropa de cama y cuya colcha, poco más que un lienzo basto, cuelga por una de las esquinas, amontonada allí por los pies del que ha dormido. Me daba vergüenza atravesar las habitaciones a una hora en que mucha gente aún estaba en la cama, así que caminaba de puntillas a grandes pasos, con lo que esperaba mostrar de algún modo que sólo pasaba por allí porque me veía forzado, que pisaba flojo para no estropear nada, que realmente era como si no pasase por allí. También por eso no volvía nunca la cabeza en la misma habitación y sólo veía o lo que daba a la calle por la derecha, o lo que daba a la pared trasera por la izquierda. La fila de pisos estaba interrumpida bastante a menudo por burdeles, que aparentemente eran la razón de que yo recorriera aquel camino, pero que atravesaba con especial rapidez, de modo que lo único que recuerdo de ellos es que estaban allí. Pero la última habitación de todos los pisos volvía a ser un burdel, y allí me detenía. La pared opuesta a la puerta por la que yo entraba, es decir, la última pared de la fila de casas, o bien era de vidrio, o bien estaba derribada, y si yo hubiera seguido caminando, habría caído al vacío. Incluso es más probable que estuviera derribada, pues las prostitutas estaban tumbadas hacia el extremo del suelo, yo veía claramente dos, echadas en tierra, a una le colgaba un poco en el vacío la cabeza, que sobresalía del borde. A la izquierda había una pared maciza, en cambio la pared de la derecha no estaba entera, se veía el patio, pero no hasta el fondo, y una ruinosa escalera gris llevaba abajo en varios tramos. A juzgar por la luz que había en la habitación, su techo era igual que el de las demás habitaciones. Yo estaba interesado sobre todo por la prostituta cuya cabeza colgaba en el vacío, Max por la que estaba tumbada a su izquierda. Yo palpaba las piernas de la prostituta y no iba más allá de apretar sus muslos a intervalos regulares. Aquello me producía un placer tan grande que me maravillaba que por aquel entretenimiento, que era precisamente el mejor de todos, no hubiese que pagar nada. Estaba convencido de que yo, y sólo yo, estaba engañando al mundo. Luego la prostituta, sin mover las piernas, alzaba el tronco y me volvía la espalda, que, para gran espanto mío, se hallaba cubierta de grandes círculos de un rojo como el del lacre, con bordes más pálidos y entre ellos salpicaduras rojas diseminadas. Entonces me daba cuenta de que ella tenía todo el cuerpo lleno de esas señales, que mi pulgar, que yo tenía en sus muslos, estaba puesto encima de esas manchas y que también en mis dedos había esas partículas rojas, como de un sello de lacre roto. Retrocedía y me unía a un grupo bastante nutrido de hombres que parecían estar esperando junto a la pared, cerca del final de la escalera, en la cual había algo de movimiento. Esperaban a la manera de los hombres que en el campo se juntan los domingos por la mañana en la plaza del mercado. Por lo tanto, también allí era domingo. Allí tenía lugar también la escena cómica, cuando un hombre al que Max y yo teníamos razones para temer salía, luego subía la escalera, se me acercaba y mientras Max y yo esperábamos angustiados alguna terrible amenaza por su parte, me hacía una pregunta ridículamente ingenua. Luego yo estaba allí de pie y veía con preocupación cómo Max, sin sentir el menor miedo en aquel local, estaba sentado en el suelo en algún sitio a la izquierda comiendo una espesa sopa de patatas, de la que sobresalían las patatas como grandes bolas, sobre todo una. Max las hundía en la sopa con la cuchara, quizá con dos cucharas, o simplemente les daba vueltas.


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