Diarios & Carta al padre

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27 de agosto de 1916. Dictamen final después de dos días y dos noches espantosos: Agradece a tus vicios de funcionario, a la debilidad, parsimonia, indecisión, cálculo, previsión, etc., el no haber enviado la tarjeta postal a Felice. Es posible que no la hubieras revocado, lo admito, es posible. ¿Cuál sería el resultado? ¿Una hazaña, un progreso? No. Ya has realizado algunas veces esa hazaña, pero nada ha mejorado. No intentes explicarlo; seguro que puedes explicar todo el pasado, pues ni siquiera te atreves a enfrentar el futuro sin haberlo explicado antes. Cosa imposible. Lo que parece sentimiento de responsabilidad, y que sería, en cuanto tal, muy respetable, en su fondo último es espíritu de funcionario, puerilidad, voluntad quebrantada por tu padre. Trabaja mejor lo que tienes a mano. Eso supone no escatimarte (y no hacerlo a costa de la vida de quien amas, de Felice), pues es imposible escatimar, ese supuesto escatimar casi te ha llevado a la ruina. Y no sólo escatimar en lo que se refiere a Felice, el matrimonio, los hijos, la responsabilidad, etc., sino también escatimar en lo que se refiere al oficio en el que pasas las horas sentado, a la miserable vivienda de la que no te mueves. Todo. Así que déjalo. Uno no puede escatimarse, calcular por adelantado. No sabes nada de ti, en el sentido de qué es lo mejor para ti. Esta noche, por ejemplo, se ha librado en ti, a costa de tu cerebro y de tu corazón, un combate entre dos motivos de igual valor, de igual fuerza, en ambos casos preocupaciones, es decir, imposibilidad de hacer cálculos. ¿Qué queda? No seguir degradándote aceptando ser ese campo de batalla en el que se lucha, por así decirlo, sin consideración a ti, sin que tú sientas nada más que los golpes de los terribles combatientes. Así que elévate, mejórate, evádete de tu faceta funcionarial, empieza a considerar quién eres en vez de calcular qué debes llegar a ser. La próxima tarea es ineludible: hacerte soldado. Abandona el insensato error de hacer comparaciones, por ejemplo con Flaubert, Kierkegaard, Grillparzer. Eso es puro infantilismo. Es cierto que como eslabón en la cadena de los cálculos los ejemplos son utilizables o, mejor dicho, son inutilizables, como los cálculos totales, pero comparados individualmente son ya inutilizables de antemano. Flaubert y Kierkegaard sabían muy exactamente lo que les pasaba, su voluntad era firme, eso no era cálculo, sino hazaña. En ti, en cambio, hay una eterna sucesión de cálculos, una monstruosa oscilación de cuatro años. Con Grillparzer quizá encaje mejor la comparación, pero Grillparzer no te parece digno de imitar, siendo como es ejemplo desdichado al que los hombres futuros deben estar agradecidos porque él sufrió por ellos.


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