Diarios & Carta al padre

Diarios & Carta al padre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

18 [de octubre de 1916]. De una carta[669]: No es tan fácil que yo pueda aceptar tranquilamente lo que dices sobre tu madre, tus padres, las flores, el Año Nuevo y las comidas familiares. Dices que tampoco para ti «será uno de los más grandes placeres estar sentada a la mesa de tu casa con toda tu familia». Naturalmente, con todo el derecho expresas tu opinión de esta forma, sin atender a si eso me alegra o no me alegra. Pues bien, no me alegra. Pero, ciertamente, aún menos me alegraría el que hubieses escrito lo contrario. Por favor, dime con la mayor claridad posible en qué consistirá para ti ese desagrado y a qué atribuyes tú sus causas. Ya hemos hablado a menudo, en lo que a mí respecta, de ese asunto, pero resulta difícil vislumbrar en esto, aunque sólo sea un poco, lo que es correcto. Utilizando tópicos —y, debido a ello, con una dureza que no corresponde del todo a la verdad—, puedo describir mi posición más o menos así: yo, que casi nunca he sido independiente, tengo unas ganas infinitas de autonomía, independencia, libertad en todos los aspectos; es preferible para mí llevar unas anteojeras y recorrer mi camino hasta el extremo, a que la noria familiar ande dando vueltas a mi alrededor y me distraiga la visión. Por eso cada palabra que les digo a mis padres o que ellos me dicen a mí se convierte con tanta facilidad en un estorbo que se interpone a mis pasos. Todo vínculo que yo mismo no establezco o conquisto por mí mismo, aunque sea contra los intereses de mi yo, carece de valor, me impide andar, lo odio o estoy a punto de odiarlo. El camino es largo, las fuerzas pocas, hay razones más que suficientes para ese odio. Ahora bien, yo provengo de mis padres, estoy unido a ellos y a mis hermanas por la sangre, aunque en la vida cotidiana no soy tan consciente, a consecuencia del inevitable encastillamiento en mis propios proyectos, pero en el fondo los respeto más de lo que creo. En ocasiones también los persigo con mi odio, la vista de la cama de matrimonio de mi casa, de las sábanas usadas, de los camisones cuidadosamente doblados puede enervarme hasta hacerme vomitar, puede sacar fuera de mí lo que llevo dentro, es como si yo no hubiese nacido definitivamente, como si estuviese viniendo una y otra vez al mundo desde esa vida sórdida en esa habitación sórdida, como si tuviese que ir a buscar allí una y otra vez una confirmación, como si estuviese indisolublemente ligado a esas cosas repugnantes, si no del todo, al menos sí en parte, en cualquier caso es algo que sigue trabando mis pies, que quieren correr y que todavía están hundidos en ese primer légamo informe. Eso, en ocasiones. Pero otras veces reconozco que, pese a todo, son mis padres, componentes imprescindibles de mi propio ser, al que continuamente dan fuerza, pues me pertenecen no sólo como obstáculos, sino también como esencia. Entonces quiero considerarlos como lo mejor; y si desde siempre, a pesar de toda mi maldad, descortesía, egoísmo, desamor, he temblado ante ellos, y si de hecho continúo temblando todavía hoy, pues no es posible dejar de hacerlo, y si mi padre por un lado y mi madre por otro casi han quebrantado, una vez más necesariamente, mi voluntad, quiero que también sean dignos de eso. (Ottla me parece en ocasiones lo que yo querría de lejos que fuese una madre: pura, veraz, honesta, consecuente; humildad y orgullo, receptividad y sentido de los límites, entrega y autonomía, timidez y coraje en un equilibrio infalible. Menciono a Ottla porque también en ella está mi madre, aunque desde luego en forma completamente irreconocible.) Así que quiero que sean dignos de eso. Por consiguiente, su impureza es para mí cien veces mayor de lo que quizá sea en la realidad, que no me preocupa; su simpleza, cien veces mayor; su ridiculez, cien veces mayor; su grosería, cien veces mayor. En cambio, lo bueno de ellos es para mí cien mil veces menor que en la realidad. He sido engañado por ellos y, sin embargo, no puedo, sin volverme loco, rebelarme contra la ley natural, así que, una vez más, odio y nada más que odio. Tú me perteneces, te he tomado para mí, no puedo creer que en ningún cuento de hadas se haya luchado por ninguna mujer más ni con más desesperación de lo que se ha luchado por ti dentro de mí, desde el principio, y una y otra vez y quizá para siempre. Así que me perteneces, de ahí que mi relación con tus parientes sea parecida a mi relación con los míos, desde luego mucho más tibia, naturalmente, tanto en lo bueno como en lo malo. Ellos proporcionan un vínculo que me traba (me trabaría aunque nunca llegase a intercambiar una palabra con ellos), y no son, en el sentido expuesto antes, dignos de ello. Te hablo a ti con la misma franqueza que a mí, no me lo tomes a mal y tampoco busques en ello orgullo, mi orgullo no está allí donde tú podrías buscarlo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker