Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre El viajero se sentía demasiado cansado como para dar órdenes, no digamos para hacer él mismo cualquier cosa. Sólo sacó un pañuelo del bolsillo, hizo un movimiento como si fuese a sumergirlo en el cubo distante, lo apretó contra su frente y se tumbó al lado de la fosa. Así lo encontraron dos señores que el comandante había enviado a recogerlo. Cuando le dirigieron la palabra, se levantó de un salto, como reanimado. La mano puesta sobre el corazón, dijo: «Sería un perro si lo permitiera». Pero entonces tomó sus palabras al pie de la letra y se puso a corretear por allí a cuatro patas. Sólo de vez en cuando se levantaba de un salto, se arrancaba, por así decirlo, del suelo, se colgaba del cuello de uno de los señores, y exclamando entre lágrimas: «¡Por qué me pasa a mí todo esto!», se apresuraba a volver a su puesto.
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8 [de agosto de 1917]. Y aunque nada había cambiado, la aguja estaba allí, sobresaliendo, torcida, de la frente reventada.
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