Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre El general estaba de pie junto a la ventana de la ruinosa cabaña y miraba con ojos muy abiertos, imposibles de cerrar, las columnas de tropas que, a la lúgubre luz de la luna, iban desfilando ante él allá fuera en la nieve. De vez en cuando le parecía que un soldado se salía de la columna y se paraba junto a la ventana, aplastaba su cara contra los cristales, lo miraba brevemente y proseguía su marcha. Aunque siempre era un soldado diferente, parecía siempre el mismo, una cara huesuda, de mejillas gruesas, ojos redondos, piel ruda, amarillenta; siempre, mientras se iba, ponía en orden sus correajes, se encogía de hombros y daba zancadas para recuperar el paso de la masa que iba desfilando al fondo sin alteración alguna. El general no quiso seguir tolerando aquel juego, acechó al siguiente soldado, abrió de golpe la ventana y agarró al hombre por el pecho. «Entra aquí», dijo, y lo hizo entrar por la ventana. Una vez dentro, lo empujó a un rincón, se plantó delante de él y preguntó: «¿Quién eres?». «Nada», respondió angustiado el soldado. «Era de esperar», dijo el general. «¿Por qué has mirado dentro?» Para ver si seguías ahí.
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En su mano sostenía él una carta.
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11 [de febrero de 1922], Tres espuelas de mi vida.
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