Diarios & Carta al padre

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Reichenberg: Es casi imposible imaginarse cuál será el auténtico propósito de las personas que en una pequeña ciudad caminan deprisa al anochecer. Si viven en las afueras, tienen que utilizar el tranvía eléctrico, pues las distancias son demasiado grandes. Pero si viven en la propia localidad, no hay distancias ni motivo para caminar deprisa. Y, sin embargo, la gente cruza con las piernas estiradas esta plaza circular que no sería demasiado grande para una aldea y cuyo ayuntamiento la empequeñece todavía más con sus inesperadas dimensiones (puede cubrirla cumplidamente con su sombra), mientras que desde la plazuela uno no acaba de creerse las dimensiones del ayuntamiento y tiende a atribuir a la pequeñez de la plaza la primera impresión del tamaño del edificio.

Un policía no conoce la dirección de la Caja del Seguro de Enfermedad para los Trabajadores, otro, la de la sucursal de mi Instituto, un tercero ni siquiera sabe dónde queda la Johannesgasse. Lo explican diciendo que llevan poco tiempo en el cuerpo. Para conseguir una dirección tengo que ir al cuartelillo, donde hay un buen número de policías descansando de diversas formas, todos con uniformes cuya belleza, novedad y colorido sorprenden, pues en la calle uno sólo ve por todas partes los oscuros abrigos de invierno.


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