Diarios & Carta al padre

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Había visto en el escaparate de la librería el Literarischer Ratgeber de la Sociedad Durero[799]. Decidí comprarlo, después cambié de idea, la retomé una vez más, y mientras tanto estuve varias veces parado a todas las horas del día delante del escaparate. Tan abandonada me parecía aquella librería, tan abandonados los libros. Aquél era el único sitio en el que se notaba que Friedland estaba conectada con el mundo, pero aquella conexión era tan tenue. Pero como las cosas abandonadas me emocionan, pronto sentí también la dicha que me producía aquella librería, y una de las veces entré en ella, aunque sólo fuera para verla por dentro. Como allí nadie precisa obras científicas, las estanterías ofrecían un aspecto más literario casi que las de las librerías de las ciudades. Había una señora mayor sentada debajo de una bombilla con pantalla verde. Cuatro o cinco números de Der Kunstwart recién desempaquetados me hicieron recordar que estábamos a principios de mes[800]. La mujer, rechazando mi ayuda, sacó del escaparate el libro, de cuya existencia apenas tenía noticia, lo puso en mi mano, se asombró de que yo hubiera podido verlo a través del cristal cubierto de hielo (en realidad ya lo había visto antes) y comenzó a buscar el precio en los libros de contabilidad, pues no lo sabía y su marido había salido. Vendré más tarde, al anochecer, dije (eran las cinco de la tarde), pero no mantuve mi palabra.


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