Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Sólo en la sala de lectura[837] con una señora medio sorda a la que me presenté inútilmente en el momento en que miraba hacia otro lado, y que cuando le señalo la lluvia que está cayendo fuera, opina que continuará el bochorno. Echa cartas siguiendo las instrucciones de un libro que tiene a un lado, que mira con fatiga, con la cabeza apoyada sobre el puño cerrado, donde tiene seguramente otras cien cartas en miniatura impresas por ambos lados que todavÃa no ha utilizado. Junto a mÃ, dándome la espalda, un señor mayor vestido de negro lee el Münchner Neueste Nachrichten[838].— Lluvia fuerte y densa. — Viajo con un orfebre judÃo. Es de Cracovia, tiene algo más de veinte años, estuvo dos años y medio en América, ahora lleva dos meses en ParÃs y sólo ha trabajado catorce dÃas. Mal pagado (sólo diez francos al dÃa), mal lugar para los negocios. Cuando uno llega a una ciudad por primera vez, no sabe lo que vale su trabajo. Buena vida en Amsterdam. Lleno de cracovianos. Cada dÃa se sabe lo que pasa en Cracovia, pues siempre hay alguno que va para allà o vuelve de allÃ. Hay calles enteras en las que sólo se habla polaco. Grandes ganancias en Nueva York, pues allà todas las chicas ganan mucho y pueden ponerse guapas. ParÃs no está a la misma altura, basta con poner un pie en los bulevares para verlo. Se marchó de Nueva York porque al fin y al cabo los suyos están aquà y porque le escribieron: Nosotros vivimos en Cracovia y también nos ganamos la vida, ¿cuánto tiempo más vas a quedarte en América? Muy cierto. Entusiasmo por la vida de los suizos. Deben de ponerse fuertes como toros, viviendo en el campo y dedicándose a la ganaderÃa. ¡Y los rÃos! No hay nada mejor que meterse en el agua corriente nada más levantarse. — Tiene el pelo largo, rizado, sólo ocasionalmente trabajado por los dedos, un brillo intenso en los ojos, nariz lentamente curvada, las mejillas ahuecadas, traje de corte americano, camisa deshilachada, calcetines caÃdos. Su maleta es pequeña, pero al bajar la carga como si pesara mucho. Su alemán alborotado por acentuaciones y giros ingleses, la jerga puede descansar, de lo fuerte que es el inglés. Animación después de pasar la noche viajando. «¿Usted es austriaco? SÃ, claro, lleva la tÃpica esclavina. Todos los austriacos la usan.» Le enseño las mangas para demostrarle que no es una esclavina sino un abrigo. Pero él insiste en que todos los austriacos llevan esclavina. Se la ponen asÃ. — Se gira hacia un tercero y le enseña cómo lo hacen. Hace como si sujetase algo atrás, en el cuello de la camisa, menea el cuerpo para ver si aguanta, luego extiende ese objeto primero sobre el brazo derecho y luego sobre el izquierdo, y finalmente se envuelve del todo, hasta que, como puede apreciarse, empieza a sentir una agradable calidez. A pesar de estar sentado, los movimientos de sus piernas muestran con qué ligereza y poco menos que despreocupación puede andar por ahà un austriaco con su esclavina. Y no hay en ello apenas trazas de burla, es más bien la forma de expresarse de alguien que ha viajado y por lo tanto ha visto muchas cosas. También hay un ingrediente de puerilidad.