Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Los baños cubiertos, pintados por fuera de una manera que, en el recuerdo, parece turca. En plena tarde reina una luz grisácea, porque arriba hay tendidas unas lonas que sólo dejan pasar unos cuantos rayos de sol por los huecos de una esquina, y abajo el agua del río contribuye a oscurecer el conjunto. El local es muy grande. Un bar en un rincón. A un lado y otro de la piscina, los bañeros corren disputándose la clientela. Abordan a los clientes junto a las cabinas con aire amenazante y les exigen el peaje con palabras incomprensibles pero categóricas. Una exigencia formulada en un idioma incomprensible se me antoja discreta. Grands bains du Pont Royal. En las esquinas, de pie en las gradas, hay gente lavándose a fondo con jabón. El agua jabonosa que los rodea no se mueve. Por los huecos que dan al río se ve pasar algo, son barcos de vapor. La pobreza de este establecimiento de baños se aprecia al ver a dos individuos entreteniéndose con un viejo bote de remos que nada más apartarse de una pared topa de inmediato con la de enfrente. Olor a sótano. Bonitos bancos verdes de parque. Mucho alemán. En una escuela de natación cuelga sobre el agua una cuerda de nudos para que quien quiera pueda hacer ejercicios. Preguntamos por el Musée Balzac, un chico guapo con el peinado ahuecado por el agua nos aclara que lo que buscamos en realidad es el Musée Grevin (un museo de cera). Servicial, hace abrir su cabina, trae una pequeña guía (seguramente regalo de Año Nuevo de algún establecimiento) y tampoco encuentra en ella el Musée Balzac[844]. En nuestro fuero interno ya le estábamos diciendo que gracias, pero que no se molestase en buscar, pues lo veíamos venir. En el Bottin tampoco sale[845].