Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Entonces el metro me pareció muy vacío[858], sobre todo en comparación con cuando lo cogí enfermo y sólo para ir a las carreras. Incluso sin tener en cuenta la escasez de pasajeros, el metro tenía un aspecto claramente dominical Predominaba el color acero oscuro de las paredes. Los re visores que abrían y cerraban las puertas de los vagones y salían y entraban en ellos realizaban su trabajo con espíritu de tarde de domingo. Por los largos pasillos de los enlaces la gente caminaba despacio. Se hacía más patente la indiferencia poco natural con que los pasajeros afrontan el viaje en metro. Al girarse hacia la puerta de vidrio, al bajarse en estaciones desconocidas, lejos de la Ópera, los pasajeros parecían obedecer impulsos gratuitos. Desde luego, en las estaciones, a pesar de la iluminación eléctrica, se percibe la luz cambiante del día; especialmente cuando uno acaba de bajarse, se nota en especial esta luz vespertina, previa a la oscuridad. La entrada en la vacía estación terminal de la Porte Dauphine, numerosos tubos que se hacen visibles, imagen del bucle donde los trenes trazan la única curva que les está permitida después de tan largo trayecto rectilíneo. Atravesar un túnel en el ferrocarril es mucho más desagradable, aquí no hay señal del agobio que siente el pasajero bajo la presión, aunque sea contenida, de las masas montañosas. Además, uno no está lejos de la gente, sino que es un objeto urbano, como por ejemplo el agua que pasa por las cañerías. El salto hacia atrás al bajar y el avance redoblado que le sigue. El hecho de bajar al mismo nivel. El tráfico esta dirigido por pequeñas oficinas con teléfono y timbres. A Max le gusta mirar en su interior. La primera vez que viajé en metro en mi vida, de Montmartre a los grandes bulevares, el ruido era espantoso. Pero normalmente no es tan molesto, es más, intensifica la sensación agradable y plácida de velocidad. El anuncio de Dubonnet es perfecto para los pasajeros tristes y desocupados, que pueden leerlo, esperarlo y observarlo. La lengua queda excluida de la comunicación, pues no hace falta hablar para pagar ni para subir o bajar. Gracias a su facilidad de comprensión, el metro es para un forastero débil y ansioso de novedades el mejor medio de convencerse de que ha penetrado de verdad, rápidamente y al primer intento, en la esencia de París.