Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre A los forasteros se les reconoce porque al llegar arriba, al último peldaño de la escalera del metro, se desorientan, a diferencia de los parisinos, que pasan directa e imperceptiblemente del metro a la vida callejera. Además, al salir, la realidad tarda un poco en encajar con el mapa, ya que, sin guiarnos por él, jamás habríamos llegado a pie o en coche al lugar en el que nos hallamos al salir. Siempre es grato recordar los paseos por los parques. Alegrarse de que todavía haya tanta luz, tener cuidado con que no se haga de noche demasiado rápido: esas cosas, juntamente con el cansancio, son las que determinan la manera de andar y de mirar el entorno. El paso disciplinado de los automóviles por la gran calzada lisa. La orquesta en un pequeño restaurante al aire libre, inaudible a causa del ruido de los automóviles, y cuyos músicos, vestidos de rojo, manejan los instrumentos sólo para el disfrute de quienes están justo a su lado. Parisinos nunca vistos se llevan de la mano unos a otros. Hierba quemada de color tierra. Hombres en mangas de camisa con sus familias en la semioscuridad de los árboles, en parterres en los que antes estaba prohibido entrar. Allí era donde más llamaba la atención la ausencia de judíos. Volver la mirada para ver el pequeño ferrocarril de vapor que parece haberse soltado de un tiovivo y marcharse de allí. El camino al lago. Mi recuerdo más intenso de la primera visión de ese lago es la espalda curvada de un hombre que nos ofrecía los billetes inclinado hacia nosotros, que estábamos en el barco bajo la lona tendida a manera de tejado. Seguramente a causa de mi preocupación por el billete y mi incapacidad de lograr que el hombre nos explicara si el barco daba la vuelta al lago o pasaba a la isla y si había paradas. Por eso me quedé tan prendado de él que a veces lo veo inclinarse sólo sobre el lago con la misma intensidad pero sin barco. Mucha gente vestida de verano en el embarcadero. Botes con remeros torpes. Orilla baja sin barandilla. Viaje lento, me recuerda otros paseos que yo daba a solas todos los domingos hace algunos años. Sacamos los pies del agua que hay en el fondo del barco. Al oírnos hablar en checo los pasajeros se sorprenden de haberse metido en una embarcación con semejantes extranjeros. Mucha gente en las laderas de la orilla oeste, bastones clavados en el suelo, periódicos desplegados, un hombre con sus hijas tendidos en el césped, pocas risas, la orilla oriental es baja, caminos bordeados de pequeñas estacas dobladas unidas entre sí, algo que en nuestro país ya hace tiempo que fue suprimido, apropiado para mantener alejados del césped a los perrillos falderos, un perro sin dueño corre por los prados, remeros que trabajan con gesto serio con una chica en un bote pesado. Dejo a Max muy solo con una granadina en la oscuridad, al borde de una terraza medio vacía, cerca de donde pasa una calle cruzada por otra desconocida de manera verdaderamente fugaz. Automóviles y carruajes se alejan de ese cruce oscuro hacia lugares aún más inhóspitos. Una gran verja metálica que quizá pertenece a la oficina de consumos, pero que está abierta y deja pasar a todo el mundo. Cerca de allí se ve la luz estridente del parque de atracciones, que incrementa el desorden de esa semioscuridad. Tanta luz y tan vacío. De regreso al parque de atracciones y hacia Max tropiezo por lo menos cinco veces.