Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Lunes 11 de septiembre [de 1911]. En el asfalto los automóviles son más fáciles de conducir[859], pero también más difÃciles de detener. Sobre todo cuando quien está sentado al volante es un particular que viaja solo, que aprovecha la anchura de las calles, el dÃa hermoso, su ligero automóvil y sus conocimientos de conducción para un pequeño viaje de negocios y ha de girar en los cruces igual que los peatones por las aceras. Por eso un automóvil asÃ, a punto de salir de una gran plaza para entrar en una calle pequeña, topa contra un triciclo, pero se detiene con elegancia, sin hacerle mucho daño, prácticamente sólo le pisa un pie, pero mientras que un peatón, al sufrir semejante pisotón, sigue caminando todavÃa más deprisa, el triciclo se detiene y queda con la rueda delantera deformada. El empleado de panaderÃa que hasta aquel momento venÃa pedaleando con total despreocupación, con ese tambaleo caracterÃstico de los triciclos, en el vehÃculo propiedad de la empresa —-, se apea, se dirige hacia el automovilista, que se apea igualmente, y empieza a hacerle recriminaciones, atenuadas por el respeto debido a un automovilista y avivadas por el temor a su jefe. Antes que nada conviene aclarar cómo se ha producido el accidente. Con las palmas de las manos levantadas, el dueño del automóvil simula el acercamiento de su vehÃculo, en eso ve el triciclo que se cruza en su camino, la mano derecha se separa y, agitándose enérgicamente, intenta llamar la atención del triciclo; en la cara se dibuja un gesto de preocupación, pues ¿qué automóvil puede frenar a una distancia tan corta? ¿Se dará cuenta el triciclo y dejará paso al automóvil? No: es demasiado tarde, la mano izquierda deja de avisar, ambas manos se unen para representar el desgraciado choque, las rodillas se doblan para contemplar el último instante. Ya ha sucedido, y para describir lo que falta basta con echar una mirada al triciclo, que está allà quieto y deformado. Poco puede hacer el empleado de panaderÃa para defender su punto de vista. En primer lugar, el automovilista es un hombre instruido y vivaz, en segundo lugar, ha estado sentado hasta ahora en el automóvil, descansando, y puede volver a sentarse enseguida y seguir descansando, y en tercer lugar, es innegable que desde la altura del automóvil ha visto mejor lo sucedido. Entretanto ha empezado a congregarse gente que, como corresponde a la exposición del automovilista, no se dispone a su alrededor, sino más bien delante de él. El tráfico se ve forzado a prescindir del espacio que ocupa ese grupo, que además se mueve de aquà para allá de acuerdo con las ocurrencias del automovilista. Por ejemplo, ahora todos se dirigen al triciclo para contemplar con más detenimiento el desperfecto del que tanto se habla. El automovilista no lo considera grave (algunos se ponen de su parte hablando entre ellos en voz más o menos alta), pese a lo cual no se conforma con mirar superficialmente sino que rodea el vehÃculo y mira con atención por encima y por debajo. Uno que tiene ganas de gritar sale en defensa del triciclo, ya que la causa del automovilista no requiere gritos; pero recibe respuestas muy acertadas y en voz muy alta de un desconocido que acaba de comparecer y que, salvo error, resulta ser el acompañante del automovilista. Unas cuantas veces algunos espectadores no pueden evitar reÃrse, pero van entrando en razón gracias a nuevas consideraciones objetivas. Ahora, de hecho, ya no hay grandes diferencias de punto de vista entre el automovilista y el panadero, el automovilista se sabe rodeado de una pequeña multitud favorable a su causa, gracias a su poder de convicción, y poco a poco el aprendiz de panadero va abandonando su monótona costumbre de estirar los brazos y hacer reproches, al fin y al cabo el automovilista no niega que ha provocado un pequeño estropicio, no le echa toda la culpa al panadero, los dos tienen la culpa, es decir, ninguno, son cosas que pasan, etc. En pocas palabras: el asunto amenaza con tornarse irresoluble, con lo que habrÃa que pedir el voto de los espectadores, que empiezan a deliberar ya sobre el precio de la reparación, si no fuera porque alguien se acuerda de que se podrÃa llamar a la policÃa. Por orden del automovilista, el aprendiz de panadero, que se encuentra en una posición de creciente inferioridad, se va a buscar a un policÃa y confÃa su triciclo a la protección del automovilista. Éste, sin mala intención, puesto que no necesita recabar el apoyo de nadie, prosigue sus descripciones en ausencia del rival. Un pitillo siempre ayuda a explicarse bien, asà que se lÃa uno. Lleva una reserva de tabaco en el bolsillo. A los que van llegando, ignorantes del asunto, aunque no sean más que dependientes de comercio, les muestra sistemáticamente primero el automóvil y luego el triciclo y a continuación los pone al corriente de los pormenores. Si alguno de los concurrentes que se encuentran más alejados hace oÃr una objeción, se pone de puntillas para verle la cara mientras la rebate. Acaba dándose cuenta de que es poco práctico tener que ir de aquà para allá con la gente entre el automóvil y el triciclo, asà que desplaza el coche hacia el interior de la calle, acercándolo a la acera. Llega un triciclo intacto, cuyo conductor se detiene a contemplar la situación. Como para demostrar las dificultades que entraña la conducción automovilÃstica, un gran ómnibus motorizado se ha quedado parado en medio de la plaza. Están trabajando delante, en el motor. Los primeros que se agachan alrededor del vehÃculo son los pasajeros que han bajado, que se sienten ligados a él por un razonable vÃnculo. Entretanto, el automovilista ha puesto un poco de orden y también ha acercado el triciclo a la acera. El asunto empieza a perder interés público. Los que van llegando tienen que adivinar por su cuenta qué es lo que ha sucedido. El automovilista se ha apartado con algunos espectadores antiguos, que pueden ser válidos como testigos, y habla con ellos en voz baja. Pero mientras tanto, ¿por dónde anda el pobre muchacho? Por fin se lo ve a lo lejos empezando a cruzar la plaza con el policÃa. No es que el público estuviera impaciente, pero su interés parece renovarse de inmediato. Aparecen una buena cantidad de espectadores nuevos, que tendrán el enorme y barato placer de contemplar la redacción del atestado. El automovilista se separa de su grupo y se dirige hacia el policÃa, que de inmediato encara el asunto con la misma calma que a los implicados les ha costado media hora de espera. La redacción del atestado empieza sin necesidad de un examen muy detallado. El policÃa, con la cachaza de un albañil, extrae de su libreta de notas una hoja de papel vieja y sucia pero en blanco, anota los nombres de los implicados y apunta la razón social de la panaderÃa, a cuyo efecto, para mayor exactitud, rodea el triciclo mientras escribe. La esperanza inconsciente y cándida de todos los presentes de que el policÃa resuelva el asunto de inmediato con toda imparcialidad deja paso al disfrute de los detalles de la redacción del atestado. El proceso se detiene de vez en cuando. El policÃa se ha equivocado un poco en el orden de sus anotaciones, y en algunos momentos, en su esfuerzo por poner las cosas de nuevo en su sitio, no oye ni ve ninguna otra cosa. Y es que ha empezado a escribir en la hoja en un punto en el que por algún motivo no deberÃa haberlo hecho. Pero ahora ya es demasiado tarde, y no cesa de manifestar su asombro ante semejante error. Para poder creerse que ha empezado el atestado de una manera tan defectuosa, tiene que dar la vuelta a la hoja una y otra vez. Pero no tarda en abandonar ese inicio erróneo y empieza a escribir en otro punto, por lo que ahora, cuando finaliza una columna, le resulta imposible saber dónde continuar sin tener que desplegar y examinar aparatosamente la hoja. Con ello el asunto adquiere una placidez que no se puede comparar con la que antes habÃan alcanzado los implicados por sà solos.