Diarios & Carta al padre

Diarios & Carta al padre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

He ido a recoger las fotos. Las he llevado. He rondado por allí inútilmente, sólo le he entregado tres de las seis fotos. Y precisamente las peores, en la esperanza de que el conservador, para justificarse, propusiera una nueva sesión fotográfica. Pero ni asomo de intención. — Piscina. — Directamente de allí a la Erfurterstrasse. Quedo con Max para comer. Viene ella con dos amigas. La abordo. Sí, ayer tuvo que marcharse diez minutos antes, hasta hace un momento no sabía que yo la había esperado, y sólo porque se lo han dicho sus amigas. Además tuvo problemas con las clases de baile. No me quiere, desde luego, pero al menos me respeta un poco. Le doy la caja de bombones envuelta con el corazoncito y la cadena y la acompaño un trecho. Hablamos, ahora yo, ahora ella, de quedar de nuevo. Mañana a las once delante de la casa de Goethe. Sólo puede ser un subterfugio, porque tiene que hacer la comida, y además justo delante de la casa de Goethe, pero lo acepto. Triste aceptación. Me voy al hotel, paso un rato con Max, que está acostado. Por la tarde excursión al Belvedere. Hi11er y madre. Agradable recorrido en carruaje por el único paseo. Sorprendente estructura del palacio, formado por un ala principal y cuatro casitas dispuestas lateralmente, todo bajo y de colores suaves. Un surtidor bajo en el centro. Hacia delante se ve Weimar. El Gran Duque ya lleva tiempo sin pasar por allí. Es aficionado a la caza y aquí no la hay. El sirviente tranquilo y amable, con cara angulosa bien afeitada, triste quizá como toda la gente del pueblo que rodea a los grandes señores. Tristeza de los animales domésticos. Maria Pawlovna, nuera del Gran Duque Carlos Augusto, hija de Maria Feodorowna y del emperador Pablo, el que murió estrangulado. Muchas cosas rusas. Vasijas de cobre cloisoné con tiras metálicas incrustadas a martillo por entre las que se vierte el esmalte fundido. Los dormitorios con bóveda celeste. Fotografías en las habitaciones todavía habitables, el único signo de modernidad. ¡Y cómo se adaptarán al entorno sin que nadie se dé cuenta! Estancia de Goethe, una habitación esquinera en la planta baja. Unas cuantas pinturas de Oeser en el techo, restauradas hasta lo irreconocible[892]. Muchas cosas chinas. La «oscura habitación de la camarera». El teatro al aire libre con sus dos filas de espectadores. El carruaje formado por bancos unidos por el respaldo, dos à dos, en el que iban las señoras flanqueadas por sus cortejadores a caballo. El pesado carruaje de tres caballos en el que Maria Pawlovna hizo su viaje de boda con su esposo en veintiséis días, de Petersburgo a Weimar. El teatro al aire libre y el parque son obra de Goethe. — Por la noche con Paul Ernst[893]. En la calle preguntamos a dos chicas por la casa del escritor Paul Ernst. Primero se nos quedan mirando pensativas, luego la una le da un codazo a la otra como para recordarle un nombre que a ella no se le ocurre en aquel momento. ¿No se referirá a Wildenbruch?, nos pregunta por fin la otra[894]. — Paul Ernst. Bigote que le cubre el labio superior y perilla. Se agarra al sillón o a sus propias rodillas, y no se suelta ni cuando se enfada (por culpa de sus críticos). — Vive en la calle del Horn. Una villa, aparentemente llena por completo por su familia. Sacan una bandeja con pescado de olor muy fuerte, pero al vernos se la llevan de vuelta a la cocina. — Llega el padre Expeditus-Schmitt, con el que ya me he topado una vez en la escalera del hotel[895]. Trabaja en el archivo preparando una edición de Otto Ludwig. Quiere entrar en el archivo con un narguile. Insulta a un periódico llamándolo «víbora beata» por haber atacado su edición de las Heligenlegenden [Leyendas de santos[896]].


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker