Diarios & Carta al padre

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Sábado 6 de julio [de 1912]. A casa de Schlaf[897]. Nos recibe una hermana suya anciana, que se le parece. Él no está en casa. Volvemos luego. — Una hora paseando con Grete. Al parecer se ha puesto de acuerdo con su madre, con la que habla por la ventana desde la calle. Vestido rosa, mi corazoncito. Nerviosa por el gran baile de esa noche. No tengo ningún vínculo con ella. Conversación llena de interrupciones, reiniciada una y otra vez. Tan pronto empezamos a andar muy deprisa como refrenamos el paso. Esfuerzo por ocultar como sea que no hay absolutamente nada que nos una. ¿Qué es lo que nos lleva a pasear por el parque? ¿Sólo mi obstinación? — Al caer la tarde, en casa de Schlaf. Antes paso a ver a Grete. Está delante de la puerta de la cocina, un poco abierta, vestida con el tan cacareado vestido de baile, que no es ni mucho menos tan bonito como el que lleva normalmente. Los ojos irritados de haber llorado, obviamente por culpa de su pareja de baile, que ya le ha dado otros muchos disgustos. Me despido para siempre. Ella no lo sabe, pero si lo supiera le daría lo mismo. Ni siquiera podemos despedirnos como es debido, porque entra una mujer que trae rosas. — En las calles salen de todas partes señores y señoras ataviados para el baile. — Schlaf. No vive precisamente en una buhardilla, como había querido hacernos creer Ernst, que está peleado con él. Hombre vivaz, con el tórax robusto encajado en una levita abotonada. Sólo los ojos se estremecen nerviosos y enfermos. Habla básicamente de astronomía y de su sistema geocéntrico. Todo lo demás, la literatura, la crítica, la pintura, son cosas que todavía cuelgan de su persona porque él no se las sacude. Por Navidad se decidirá todo. No duda ni un ápice de su victoria. Max le dice que su postura frente a los astrónomos es «similar a la de Goethe frente a los ópticos». «Similar, sí», responde agarrándose a la mesa, como hace todo el tiempo, «pero mucho más halagüeña, ya que yo tengo a mi favor pruebas terminantes.» Su pequeño telescopio de cuatrocientos metros de alcance. Para su descubrimiento no lo necesita, como tampoco las matemáticas. Vive en una felicidad completa. Le espera una tarea inacabable, ya que su descubrimiento, cuando sea reconocido, tendrá enormes repercusiones en todos los ámbitos (religión, ética, estética, etc.), y él es, por supuesto, el más indicado para desarrollarlas. — Cuando llegamos estaba pegando en un gran libro unas reseñas publicadas con motivo de su cincuenta aniversario. «En estas ocasiones suelen ser benévolos.» — Antes, paseo con Paul Ernst por el Webbich. Su desprecio hacia nuestra época, hacia Hauptmann, Wassermann, Thomas Mann[898]. Sin importarle lo que podamos opinar nosotros, despacha a Hauptmann calificándolo de escritor de tercera con una frasecilla cuyo verdadero sentido no captamos hasta bastante después de haber sido pronunciada. Por lo demás, afirmaciones vagas acerca de los judíos, el sionismo, las razas, etc., en todo lo cual sólo resulta destacable que se trata de un hombre que ha empleado todo su tiempo con todas sus fuerzas. — Seco y automático «sí, sí» a pequeños intervalos cada vez que habla el otro. Al cabo de un rato, la cosa llegó a tal extremo que me costaba creerlo. —


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