Diarios & Carta al padre

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esta gente de aquí: hasta tal punto me interesan algunos. — Hay una canción de H. von Gillhausen que dice: «Sabes, mamita, lo buena que eres». — Por la noche baile en Stapelburg. La fiesta dura cuatro días, casi nadie trabaja. Vemos al nuevo campeón de tiro y leemos en su espalda los nombres de los campeones desde principios del siglo XIX. Las dos pistas de baile, llenas. Alrededor de la sala, parejas haciendo cola. Cada cuarto de hora les dejan bailar un momento. La mayoría están callados, no por apocamiento ni ningún otro motivo especial, sino simplemente callados. Al borde hay un borracho, conoce a todas las chicas, las ataca o por lo menos alarga el brazo para abrazarlas. Las parejas a las que molesta siguen bailando sin inmutarse. Ruido no falta, gracias a la música y al griterío de los que están abajo sentados a las mesas o de pie junto a la barra. Rondamos por allí inútilmente un buen rato (yo y el Dr. Schiller). Soy yo quien le dirige la palabra a una chica. Ya me he fijado en ella fuera, mientras, en compañía de dos amigas, comía salchichas de Halberstadt con mostaza. Lleva una blusa blanca con un volante floreado por encima de los brazos y los hombros. Tiene la cara inclinada hacia delante, en un gesto encantador y melancólico que le hace tener el tórax algo encorvado y la blusa ahuecada. En esa postura inclinada, la pequeña nariz respingona aumenta la sensación de tristeza. Manchas cobrizas indiscriminadamente repartidas por toda la cara. Le hablo justo cuando está bajando los dos peldaños de la pista de baile. Cómo nos encontramos pecho contra pecho y ella se da la vuelta. Bailamos. Se llama Auguste, es de Wolfenbüttel y desde hace un año y medio trabaja en Appenroda en la taberna de un tal Klaude. Mi peculiaridad de no entender los nombres propios hasta que me los repiten varias veces, y luego no recordarlos. Es huérfana y el 1 de octubre ingresará en un convento. A sus amigas todavía no se lo ha dicho. De ser por ella habría entrado ya en abril, pero sus señores no la dejaron. Ingresa en el convento porque ha tenido malas experiencias. No puede contármelas. Caminamos de aquí para allá a la luz de la luna por delante de la sala de baile, mis pequeñas amigas de hace poco me persiguen a mí y a mi «novia». A pesar de su tristeza, le gusta mucho bailar, como se demuestra especialmente más tarde, cuando se la cedo al Dr. Schiller. Es jornalera agrícola. A las diez tuvo que irse a casa.


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