Diarios & Carta al padre

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22 [de julio de 1912]. La señorita Gerloff, maestra, rostro fresco y juvenil algo alechuzado y lleno de rasgos tensos y vivaces. El cuerpo es más indolente. — El señor Eppe, director de una escuela privada de Brunswick. Este hombre puede conmigo. Tiene una manera de hablar dominante, fogosa cuando hace falta, meditada, musical, también vacilante, pero sólo en apariencia. Cara de rasgos finos, pero más fino aún el bigote unido a las patillas que le cruza toda la cara. Andares afectados. Yo me senté frente a él, a un lado, cuando se sentó por primera vez a la mesa común al mismo tiempo que yo. Un grupo de gente masticando en silencio. Lanzó unas cuantas frases a unos y otros. Si no conseguía romper el silencio, no parecía importarle. Pero en cuanto alguno sentado lejos de él decía una palabra, él se le aferraba, pero no haciendo un esfuerzo extraordinario, sino hablando consigo mismo, como si le hubieran dirigido la palabra y le escucharan, y mientras tanto miraba el tomate que estaba pelando. Todos le prestaban atención, excepto los que se sentían humillados y se le resistían, como yo. No se burlaba de nadie, sino que hacía balancearse en sus palabras la opinión de cada uno. Si nadie reaccionaba, se ponía a cantar en voz baja mientras cascaba frutos secos o hacía los numerosos movimientos de manos que requiere la dieta crudívora. (La mesa está llena de bandejas y cada uno se hace la mezcla que le apetece.) Por fin nos implicó a todos en sus asuntos, fingiendo que anotaba todos los alimentos para enviarle la lista a su mujer. Después de deleitarnos varios días con su mujer, empezó con nuevas historias sobre ella. Que si padecía depresiones, que si había que ingresarla en un sanatorio en Goslar, pero sólo la admitían si se comprometía a quedarse ocho semanas, si traía una asistenta, etc., todo lo cual costaría, como él había calculado, y volvió a calcular en público en la mesa, más de mil ochocientos marcos. Pero ni el menor asomo de intención de provocar compasión. Pero aun así un gasto tan importante hay que pensárselo bien, y todos se lo piensan. Pocos días después nos enteramos de que viene su mujer, quizá este mismo sanatorio le vaya bien. Durante la comida le anuncian que su mujer y sus dos niños acaban de llegar y lo están esperando. Se alegra, pero termina de comer tranquilamente, a pesar de que con ese tipo de comida nunca hay final, ya que todos los alimentos están al mismo tiempo en la mesa. La mujer es joven, gorda, con cintura que sólo se insinúa en la ropa, ojos azules inteligentes, pelo rubio recogido en un moño, sabe cocinar, entiende mucho de la situación del mercado, etc. Desayunando —la familia todavía no estaba sentada a la mesa—, él, mientras casca frutos secos, nos explica a la señorita Gerloff y a mí: su mujer padece depresiones, tiene los riñones mal, digestiones difíciles, claustrofobia, no se duerme hasta las cinco de la mañana, luego la despiertan a las ocho, «y, claro, coge un enfado de padre y muy señor mío» y se pone «hecha una fiera». Tiene trastornos graves del corazón, sufre un asma severa. Su padre murió en el manicomio.


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