El Castillo
El Castillo —No conozco los pecados de la familia de Barnabás —dijo K mientras Frieda, que estaba como inánime, se incorporaba cuidadosamente, se sentaba en la cama y terminaba por levantarse—. Quizá tenga usted razón en lo que dice, pero con certeza tenÃa yo razón cuando le pedà que nos dejase a Frieda y a mà resolver nuestros propios asuntos. Usted mencionó algo de amor y preocupación, de ello no he vuelto a notar nada, sÃ, sin embargo, de odio, escarnio y expulsión de la casa. Si se le habÃa ocurrido apartar a Frieda de mà o a mà de Frieda, lo ha intentado con gran habilidad, pero me parece que no lo logrará y, si lo lograse —permÃtame por una vez pronunciar una oscura amenaza—, lo lamentará amargamente. En lo que se refiere al alojamiento que me ha brindado —con esas palabras parece referirse a este repugnante agujero— no resulta del todo seguro que lo haya puesto a mi disposición por propia voluntad, más bien me parece que existe una instrucción al respecto de la administración condal. Comunicaré allà que me han desahuciado de la posada y si me conceden otro alojamiento entonces podrá ya respirar con libertad, y yo con mayor profundidad. Y ahora me voy a ver al alcalde con motivo de éste y de otros asuntos. Ocúpese al menos, por favor, de Frieda, a quien ya ha maltratado lo suficiente con sus sermones maternales.
A continuación, se volvió hacia sus ayudantes.