El Castillo
El Castillo Se levantó algo tambaleante por la excitación, se acercó a K, tomó su mano y le miró con gesto suplicante.
—Señora posadera —dijo K—, no comprendo por qué se humilla para suplicarme una cosa asÃ. Si, como usted dice, resulta imposible hablar con Klamm, entonces no lo podré lograr, me lo supliquen o no. Pero si fuese posible, ¿por qué tendrÃa que renunciar a hacerlo, especialmente cuando con la refutación de su principal reproche el resto de sus temores resultan cuestionables? Es cierto, soy ignorante; sin embargo, la verdad prevalece, y eso es muy triste para mÃ, pero también tiene la ventaja de que el ignorante osa más, asà que prefiero portar conmigo aún un poco más la ignorancia y sus malas consecuencias, al menos mientras alcancen mis fuerzas. Esas consecuencias, en lo esencial, sólo me afectan a mÃ, y por eso ante todo no comprendo por qué me suplica. Usted siempre cuidará de Frieda y, si desaparezco completamente de su cÃrculo, eso significará, según su opinión, una suerte para ella. ¿Qué teme entonces? ¿Acaso teme que al ignorante le parece todo posible? —aquà K abrió la puerta—. ¿No temerá acaso por Klamm?
La posadera miró en silencio cómo salÃa y bajaba deprisa las escaleras con sus ayudantes detrás.