El Castillo

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—Mi esposa es una gran ayuda para mí —dijo el alcalde— en este trabajo pesado que, sin embargo, se debe realizar en los ratos libres. Cierto, para los escritos dispongo de un ayudante, el maestro, pero pese a ello resulta imposible terminarlo todo, siempre queda mucho sin concluir, todo eso se encuentra guardado en esas cajas —y señaló hacia otro armario—. Y sobre todo ahora que estoy enfermo, se acumula —dijo, y se recostó cansado pero con orgullo.

—¿No podría ayudar a su esposa a buscar? —dijo K cuando la mujer ya había regresado con la vela y buscaba el edicto arrodillada ante las cajas.

El alcalde sacudió sonriente la cabeza:

—Como ya le dije, no tengo secretos oficiales para usted, pero no puedo llegar tan lejos como para dejarle que busque en los expedientes. El silencio invadió la habitación, sólo se podía oír el roce de los papeles, el alcalde quizá dormitaba un poco. Un ligero golpeteo en la puerta hizo que K se diese la vuelta. Eran, naturalmente, los ayudantes. Al menos se mostraron algo educados, no irrumpieron en la habitación, sino que primero susurraron a través de la ranura de la puerta.

—Tenemos mucho frío fuera.

—¿Quién es? —preguntó el alcalde asustándose.


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