El Castillo
El Castillo —Sólo se trata de mis ayudantes —dijo K—, no sé dónde me pueden esperar, en el exterior hace mucho frÃo y aquà molestan.
—A mà no me molestan —dijo amablemente el alcalde—, déjelos entrar. Además, les conozco. Viejos conocidos.
—Pero a mà sà que me molestan —dijo K con franqueza y dejó vagar su mirada de los ayudantes al alcalde y de éste a los ayudantes, encontrando las tres sonrisas iguales—. Pero ya que estáis aquà —dijo a modo de prueba—, entonces quedaos y ayudad a la señora a buscar un expediente en el que aparece la palabra «agrimensor» subrayada con color azul.
El alcalde no puso ninguna objeción; lo que no podÃa hacer K, lo podÃan hacer los ayudantes. Se arrojaron inmediatamente sobre los papeles, pero revolvÃan los montones más que buscaban, y mientras uno deletreaba un escrito, el otro se lo arrebataba continuamente de las manos. La mujer, por el contrario, estaba arrodillada ante las cajas vacÃas, parecÃa haber dejado de buscar, en todo caso la vela estaba muy lejos de ella.
—Asà que los ayudantes —dijo el alcalde con una sonrisa de satisfacción, como si todo ocurriese según sus propias disposiciones, aunque nadie pudiese suponerlo—, le resultan molestos. Pero son sus propios ayudantes.