El Castillo
El Castillo —Pero —se interrumpió a sà mismo el alcalde como si hubiese llegado demasiado lejos en su celo narrativo o como si al menos existiese esa posibilidad de haber llegado demasiado lejos— ¿no le aburre la historia?
—No, nada de eso —dijo K—, me divierte.
A eso contestó el alcalde:
—No se la cuento para su diversión.
—Sólo me divierte —dijo K— porque me deja entrever la ridÃcula confusión que, bajo determinadas circunstancias, puede decidir sobre la existencia de un hombre.