El Castillo
El Castillo —Aún no ha podido entrever nada —dijo el alcalde con seriedad—, y puedo seguir contándole la historia. Con nuestra respuesta, evidentemente, un Sordini no podÃa quedar satisfecho. Admiro a ese hombre, aunque para mà resulta un tormento. No se fÃa de nadie; aun cuando, por ejemplo, ha conocido a alguien en innumerables ocasiones como el hombre más digno de confianza, siempre desconfÃa de él en la siguiente ocasión y, además, como si no lo conociese de nada o, mejor, como si le conociera como un granuja. Considero que su forma de actuación es correcta: un funcionario debe proceder asÃ, por desgracia no puedo seguir ese principio debido a mi carácter. Ya ve como le muestro todo abiertamente, a un extraño; no puedo actuar de otro modo. Sordini, sin embargo, consideró inmediatamente con desconfianza nuestra respuesta. Entonces se desarrolló una numerosa correspondencia. Sordini preguntó por qué se me habÃa ocurrido de repente que no habÃa que contratar a ningún agrimensor. Yo respondà con ayuda de la excelente memoria de Mizzi que la iniciativa habÃa partido de la administración (ya hacÃa mucho tiempo que nos habÃamos olvidado de que se trataba de otro departamento); Sordini, por el contrario: ¿por qué menciona ahora este escrito oficial?; yo otra vez: porque me acabo de acordar de él; Sordini: eso es muy extraño; yo: eso no es extraño en un asunto que se arrastra ya desde hace tanto tiempo; Sordini: sà que es extraño, pues el escrito del que yo me habÃa acordado, no existe; yo: naturalmente que no existe, porque se ha perdido el expediente; Sordini: pero debe de haber una nota respecto a ese primer escrito. Yo: pues no la hay. Aquà me detuve, pues no osé afirmar ni creer que en el departamento de Sordini se habÃa deslizado un error. Quizá usted, señor agrimensor, reproche en su mente a Sordini que la consideración a mi afirmación al menos tendrÃa que haberle impulsado a investigar el asunto en otros departamentos. Pero precisamente eso no hubiese sido correcto; no quiero que en sus pensamientos quede una mácula sobre ese hombre; es un principio laboral fundamental de la administración que no se cuente con la posibilidad de errores. Ese principio está autorizado por la exquisita organización del Todo y es necesario cuando se quiere alcanzar una gran velocidad en la conclusión de los asuntos. Asà pues, Sordini no pudo investigar en otros departamentos; además, esos departamentos no le habrÃan respondido, pues habrÃan advertido en seguida que se trataba de la investigación de un posible error.