El Castillo
El Castillo —Bien —dijo K—, no soy una persona tÃmida y también le puedo dar mi opinión a un conde, pero siempre resulta mucho mejor resolver todos los problemas de forma pacÃfica.
El posadero se habÃa sentado frente a K en el borde de la repisa de la ventana, no se atrevÃa a sentarse con más comodidad, y contempló a K todo el tiempo con unos grandes y temerosos ojos castaños. Al principio habÃa hecho esfuerzos por acercarse a K, ahora parecÃa como si prefiriese huir de él. ¿TemÃa que le preguntara sobre el conde? ¿TemÃa la desconfianza del «señor» por el que ahora tomaba a K? K tuvo que cambiar de conversación. Miró la hora y dijo:
—Pronto llegarán mis ayudantes, ¿podrás ofrecerles aquà alojamiento?
—Por supuesto, señor —dijo—, pero, ¿no vivirán contigo en el castillo?
¿Acaso renunciaba tan fácilmente y encantado a sus huéspedes que los querÃa relegar a toda costa al castillo?
—Eso aún no es seguro —dijo K—, antes tengo que conocer qué trabajo quieren que realice. Si tuviera, por ejemplo, que trabajar aquà abajo, entonces serÃa razonable vivir aquà abajo. También temo no adaptarme a la vida arriba en el castillo. Siempre quiero ser libre.